Diego Felix, el cocinero latinoamericano

Diego Felix, el cocinero latinoamericano

Foto tomada de www.diegofelix.com

 

 De pronto detiene el ritmo de la conversación. Guarda silencio y pierde la mirada en un rincón de su jardín. La pierde sólo para encontrar un colibrí que vuela frenético sobre unas flores muy pequeñas que contrastan con el verde predominante en el huerto que tiene atrás de su casa. Diego Felix obtiene de aquí muchas de las hierbas que utiliza para cocinar. El argentino, que tiene treinta y tres años, y cuyo trabajo ha aparecido en diarios como el New York Times y el Washington Post, se define simplemente como un “cocinero latinoamericano”. O al menos eso dice su tarjeta de presentación.

La interrupción del colibrí es momentánea, pero dura lo suficiente para que Diego deje un tema y vaya a otro. Así es él. Está siempre en movimiento, físico y mental. Dice que le cuesta trabajo permanecer estático, quizás por eso, en estos momentos en que su proyecto Casa Felix está consolidado como el más representativo de los restaurantes privados de Buenos Aires, ya está pensando en el paso que sigue. Y tiene muchas ofertas: hacer un programa de televisión, un libro, asesorar gastronómicamente a hoteles boutique, realizar recorridos gastronómicos. Como si no fuera suficiente con ofrecer su comida en Argentina y viajar una vez por año –por lo menos- a Norteamérica para pasar meses cocinando, ofreciendo su comida latinoamericana a exclusivos y reducidos grupos de personas.

 Casa Felix está en el barrio de Chacarita, tan cerca y tan lejos del glamour gastronómico de Palermo. Ahí vive Diego junto a su pareja, Sanra Ritten, una fotoperiodista de San Diego, California, con quien se ha embarcado en un viaje periodístico y culinario. Los fines de semana, su casa se convierte en un restaurante que abre sus puertas para no más de quince personas que pagan algo así como 30 dólares por una cena de cinco pasos. “No será la mejor cena de sus vidas, pero sí la más inolvidable”, suele decir el cocinero.

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 Diego nació en Ciudad Evita, muy cerca del aeropuerto de Ezeiza. Su madre es una farmacéutica que se obsesionó con las complejidades de la nutrición, y por ello convirtió a toda la familia al vegetarianismo. Cuando tenía cinco años, era el único niño que llevaba arroz para comer en la escuela. Sólo arroz. “Eso fue en los ochenta, así que era bastante loco”, recuerda el cocinero con nostalgia, y con un dejo de insatisfacción por admitir que en su infancia se privó de conocer muchos sabores. Lo que le ofrecía su madre era solamente lo necesario para nutrirse. El placer por la comida no era un concepto que interesara en la familia Felix.

 Crecer en una familia vegetariana de clase media definió en buena medida el camino que seguiría el futuro cocinero, y que irremediablemente apuntaba hacia el norte, muy al norte. Luego de una adolescencia en la que se interesó por el teatro y que incluyó mucho tiempo dedicado a las clases de actuación, Diego decidió abandonar la casa familiar para emprender un largo viaje que duró ocho meses y que tuvo su destino final en la Ciudad de México, a donde llegó decidido a enfrentarse con una de las capitales más grandes del mundo.

 La manera de enfrentarse era con la actuación. Diego confiaba en que su experiencia le ayudaría para obtener trabajo como extra o como actor en comerciales, una pretensión que de hecho se cumplió pero que dejó insatisfecho al joven bonaerense que ahora era uno más en la lista de argentinos que por aquellos años, antes del 2000, buscaban abrirse paso en el mundo de la televisión mexicana. Lo que no le gustó era que aparecer en comerciales no le exigía el más mínimo esfuerzo creativo. No era para eso para lo que había estudiado. Cuando dejó de buscarse la vida en la publicidad, se dedicó a atender mesas en un restaurante del D.F. Dos años pasó así, hasta que decidió volver al sur. “Para cagarme de hambre, prefería cagarme de hambre en mi casa”.

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 Diego Felix no aparenta los treinta y tres años que tiene. Parece mucho más joven y por ello, escucharlo hablar de su historia y de lo que ha conseguido en el último lustro, resulta aún más sorprendente. La secuencia es así: un día hace seis años, decidió que quería cocinar y aprendió a hacerlo. Hoy, los medios especializados del todo el mundo –no tanto los argentinos- están atentos a su labor gastronómica. A los especialistas les llama la atención su propuesta “pescatariana” (en la que sólo se consumen vegetales y pescado) que hurga en lo más profundo de las raíces latinoamericanas y que ofrece los platillos más impensados. En Casa Felix se puede probar por ejemplo, un salmón marinado en chimichurri sobre un mole mexicano, un locro de bixá y tamarindo, con mero adobado en pipián de cilantro y maní. La combinación imposible se materializa en sus platos.

 Recién llegado del barrio chino, donde compra algunos de los ingredientes que utiliza en su cocina, Felix reflexiona sobre el caos que le gusta experimentar. Está a gusto con él. En pocas horas llegarán los asistentes a una de sus cenas, y recién comenzó a pensar en lo que servirá. Además, tiene espacio para una larga entrevista en la que el tiempo no es problema. “En el caos yo puedo crear, me siento mucho más cómodo”, explica mientras de una mochila de viaje saca diferentes tipos de queso, cereales, huevos.

 La propuesta gastronómica de Diego Felix está íntimamente relacionada con la música mestiza. La comparación es de él: “Parte de lo que miramos para ver lo que queremos hacer, es Manú Chao”, cuenta con entusiasmo. En su casa, además, se escucha con insistencia a Calle 13, música mexicana, cubana. Latinoamérica en toda su expresión. Y es que él se define a sí mismo como un latinoamericanista. “Tengo un pensamiento un poquito idílico bolivariano, que es lo que expreso en mi comida”, lanza mientras sonríe. Un Evo Morelos multicolor también sonríe desde un poster que corona la cocina de Casa Felix.

 Ese caos al que recurre Diego es en realidad un caos creativo. La creatividad es, según sus palabras, lo que lo llevó a la cocina cuando tenía 23 años. Detras de él no está la historia del chico enamorado de la cocina que siempre soñó con poner su propio restaurante. Incluso hay una suerte de desapego en las palabras de Felix cuando comienza a hablar de su propuesta culinaria.

 Se explica: “Para mí lo más importante es la creatividad, no fue le actuación, fue la cocina, pero en otro momento me encantaría hacer carpintería, es muy loco lo que hacemos, encontré la cocina pero la pasión es por la creación”.

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 Sanra Ritten es “algo así como la manager” de Casa Felix. Compone junto a Diego una pareja viajera que ha hecho del camino su razón para seguir. Fotoperiodista de profesión, ha encontrado en la comida un tema de investigación que la llevó a publicar artículos al respecto en diferentes revistas especializadas. Los fines de semana, sin embargo, toda su pasión está puesta –igual que la de su novio- en servir los platos y sobre todo, en explicarlos a sus clientes.

 A la joven nacida en California evidentemente le gusta lo que cocina Diego. “Me encanta la creatividad”, cuenta unos minutos después de despedir a una persona que se encargará de instalar un techo verde, un techo de plantas en el patio de Casa Felix. “Me gusta mucho que intenta usar productos que normalmente no se usan así”. Quizás en eso radica la notoriedad que ha adquirido su cocina. Pero sabe, como lo sabe Diego, que eso también se debe a su falta de preparación académica. “Siempre está bueno tener técnica y estudiar mucho”, explica.

 El equipo que hacen Diego y Sanrra parece funcionar de maravilla. La relación laboral parece bien aceitada: mientras uno sirve, el otro explica; mientras uno explica, el otro sirve y corre hacia la cocina por más agua o por otra copa de vino. “Por suerte creo que hacemos un muy buen equipo, ahora tenemos casi tres años haciendo esto, lo difícil era encontrar el rol de cada uno porque no creo que trabajar en pareja sea para todos, pero creo que también es mucho de nuestra relación, somos pareja en la vida, tenemos muchos proyectos unidos”.

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 Los ocho meses que tardó Diego en llegar al Distrito Federal, desde luego tuvieron muchas paradas. La que más recuerda, porque según él, de alguna forma sintetiza el significado de ese largo viaje, es la que realizó en la Amazonia brasileña. Como la mayoría de los jóvenes latinoamericanos de la época, ya había leído la obra de Carlos Castaneda. Influenciado por las enseñanzas de Don Juan, la selva para él era la oportunidad ideal para probar cualquier especie de planta alucinógena. Lo hizo y la aventura se tornó peligrosa. “Fue una experiencia –ahora lo pienso, a esta edad- muy estúpida porque podría haber muerto, pero es una de las cosas que hacía un chico de clase media, semi burguesa. Esa fue una revelación, si no te cuidás vos, no te cuida nadie”.

 “Eso también me soltó el lastre de mucha historia familiar, que no es terrible, mi familia es buenísima, pero por lo menos, yo quería hacer mi propia historia”, cuenta. Y su propia historia lo llevó a México. El chico que nunca había experimentado la sensación de vivir –por ejemplo, en la capital argentina- de pronto estaba por su cuenta en el D.F.

 Durante su estancia ahí, habitó el barrio de La Condesa, algo así como el Palermo mexicano. Era en ese entonces y sigue siendo ahora, uno de los lugares más fashion y costosos de la capital. Ahí, Diego llevaba una vida de rico, “fresa”, dicen en México, “cheto” en Argentina. Era, claro, una simulación. Diego vivía como invitado en la casa de un amigo argentino que trabajaba como modelo, iba a las fiestas más exclusivas y se codeaba con las clases sociales más altas, pero no tenía un peso para salir a la calle. “Era increíble”, resume con una carcajada que todavía no puede contener.

 Pero lo más importante que trajo de México, y de los otros sitios que visitó en el continente, fue una maleta llena de sabores que pudo descifrar, coleccionar y que hoy revive para incluir uno por uno en su comida. Así pues, en el barrio de Chacarita, uno puede acceder a los aromas de Perú, de Bolivia, a los gustos de Colombia, de Brasil. Luego de ese viaje, la suerte de Diego quedó signada por la abundante diversidad latinoamericana. Hoy, su cocina se reconoce en todo el mundo mientras él piensa en el próximo paso que dará. En realidad, decir “piensa” tal vez sea una exageración. Diego, el caótico, seguramente espera una nueva pulsación para emprender el siguiente viaje.

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 Casa Felix algún día va a cumplir su ciclo, anuncia su creador con una seriedad que asusta. “No podés vivir toda tu vida teniendo cenas en tu casa con hijos, hace seis años que estamos juntos, nos casamos este fin de año y estamos pensando formar una familia”, cuenta –como si hiciera falta- para explicar sus razones. Sanra por ejemplo, ya está aburrida y apenas hace dos semanas retomaron la rutina después de su gira por Estados Unidos. Son inquietos por naturaleza. Viajeros.

 Y es que hay algo en común entre los clientes de Casa Felix que excede las nacionalidades y las edades. Se trata de gente en permanente viaje. Aunque reconoce que su público está compuesto mayoritariamente por extranjeros (“Los porteños te llaman a las 9:40 para preguntarte a qué hora es la cena de las 9:30”), Felix hila más fino y explica que su comida es precisamente para nómadas. “Porque nosotros lo somos”.

 “Para los locales es más difícil porque es un riesgo venir a comer a la casa de alguien, que no sabés lo que vas a comer, y segundo es latinoamericano pero no tiene ningún plato latinoamericano conocido; y la clase que puede tener el dinero para venir a comer, la clase media es una clase media conservadora, no hay una clase alta, alguien que pueda venir a pagar cien pesos por comer en la casa de un loco que tiene chuchos en su patio”.

 Diego habla de un club, “una vibra”.

 Quién sabe si los que escriben en el portal de Internet Guía Oleo serán viajeros pero ahí se pueden leer descripciones del restaurante tan entusiastas como esta: “Una experiencia gastronómica única en Buenos Aires: auténtica fusión… La comida fue absolutamente deliciosa… un descubrimiento de nuevos sabores”.

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 Pasa una hora después de la medianoche y Diego está en su estudio, todavía hay gente cenando en el living pero él está concentrado en otra cosa. Junto a Sanra, mira fijamente el monitor gigantesco de una mac. Están viendo en youtube un documental sobre los daños que genera para la ecología y para la salud humana, la minería a cielo abierto. Pone cara de espanto cada vez que aparece la imagen de algún ecosistema dañado.

 Y eso que el vegetarianismo lo dejó hace mucho. Hoy disfruta de una buena milanesa napolitana o de unas mollejas, aunque una especie de compromiso social lo obliga a cocinar sólo aquello que sea saludable. Su comida es pescatariana, pero más allá de eso, se niega a cocinar algo que sea nocivo para el cuerpo, por más rico que sea. (Cuando lo dice, piensa por ejemplo en un “delicioso cerdo con manteca al horno”).

 De pronto, aun sin que termine el video, vuelve el caos. Alguien pide la cuenta y Sanra se levanta de su asiento como disparada por un resorte. Él también se vuelve hacia otro sitio para buscar algo. Diego va de la calma al caos en un segundo. Pero incluso viviendo así, siempre hay tiempo para detenerse a sembrar huacatay o a escuchar el aleteo de un colibrí.

El obelisco tampiqueño

Plaza de la Libertad

En 1829, Tampico fue escenario del último intento español por hacerse del territorio mexicano. Después de varias batallas, finalmente el ejercito monárquico, comandado por Isidro Barradas, se rindió y de esa manera se consolidó lo que ahora llaman la “La Victoria de Tampico”. 

La historia es muy poco conocida a nivel nacional. Los libros de texto apenas la consignan como “la rendición de Barradas” y quizás sólo algo así como el .001% de los mexicanos podrían identificar la fecha en el calendario. Motivados por esa suerte de oscuridad que rodea a la Victoria de Tampico, un grupo de ciudadanos (Rescate Histórico de México) apasionados de la historia, se han dado a la tarea de difundirla desde hace casi cinco años y lo que han conseguido no ha sido poco: crearon un museo, lograron que el Congreso estatal le otorgara la categoría de heroica a la ciudad de Tampico y colocaron un monumento “al soldado mexicano de 1829” en la Plaza de la Libertad, donde se habría librado alguna de las batallas entre españoles y mexicanos.

 Según la columna “Hablemos de negocios”, publicada por Tomás Briones en el Sol de Tampico en la edición del 31 de agosto, Rescate Histórico de México pretende convertir la Plaza de la Libertad en “una imponente explanada coronada por un obelisco conmemorando la Batalla de Tampico”. La columna de Briones, claro está, no es de historia sino de negocios; quizás por ello comenta que el nuevo obelisco se convertiría en un “atractivo para el turismo que cada vez en mayor número llega a la zona y a nuestra ciudad en particular”.

 El debate sobre la legitimidad de la restauración del Centro Histórico parece eterno. Lo que no se puede negar es que buena parte de los edificios que rodean a la Plaza de la Libertad son bellísimas postales, pero que poco o nada tienen que ver con un centro vivo e histórico. Son escenografía.

 Por eso precisamente, cuesta trabajo entender la propuesta de Rescate Histórico de México. Sin duda, habría que conocerla a fondo para saber si se vale cambiar tan radicalmente la fisonomía del primer cuadro de la ciudad. De entrada, parece una manera curiosa, muy curiosa, de resaltar la historia de Tampico.

Las cruces gamadas de Tampico

Smbiosis

Crédito: Smbiosis

 

La Catedral de Tampico tiene su encanto. Lejos está de las dimensiones monumentales y del virtuosismo artístico de los templos ubicados en el centro del país, pero tiene algunas particularidades que la hacen especial.

 Una de esas, la más conocida, está en el piso del pasillo principal: decenas de cruces gamadas adornan los mosaicos lo que la convierte para muchas publicaciones anti católicas en la Iglesia pro-nazi de México.

 El periódico Milenio Diario de Tampico revive la polémica en su edición dominical. Las fuentes del reportaje (el Vicario de la Diócesis  y un investigador) dan su veredicto y tratan de sepultar cualquier duda sobre el presunto apoyo de la comunidad católica tampiqueña al nazismo. Nunca hubo tal, quieren decir, pero sus argumentos no alcanzan a llenar todas las dudas y dejan algunos huecos tan obvios que sorprende que sean pasados por alto.

 El sacerdote Elías Gómez alude, según la nota publicada por Joaquín López, a la historia de la Catedral. Explica que la construcción del templo comenzó antes del siglo XX y que finalmente se concluyó en la década de 1920. Con ello trata de decir que las fechas no coinciden y que el uso de la cruz gamada en el piso de la iglesia no tendría ninguna relación con la utilización que hizo de ella el nazismo.

 “La cuestión de Hitler fue alrededor del año 1938 y fue él quien tomó esa cruz como un símbolo, pero las cruces de la Catedral ya existían”, opina Gómez. Y es que el origen del símbolo de la cruz gamada, como ya se ha explicado hasta el cansancio, se da mucho tiempo antes de que los nazis la adoptaran como su estandarte.

 Ahora bien, y aquí empiezan los huecos, la descripción cronológica del sacerdote no es del todo exacta. Es cierto que la Catedral de Tampico comenzó a ser construida prácticamente en la mitad del siglo XIX. Después de una larga historia de avances y fracasos, el templo finalmente fue consagrado en 1931. Apenas una década antes, buena parte del templo había sido derrumbado por un rayo, por lo que los representantes más adinerados de la sociedad tampiqueña patrocinaron su remodelación. Lo que dice la historia, es que todo el interior fue reconstruido.

 Lo que es inexacto en el relato del sacerdote es lo que él llama “la cuestión de Hitler”. El Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, dirigido por Hitler, nace en 1921. Desde esa década, el nazismo ya había adoptado la esvástica como su símbolo, aunque los movimientos nacionalistas alemanes que proclamaban la superioridad de la “raza aria” ya utilizaban la cruz gamada por lo menos desde diez años antes.

 

Crédito: Smbiosis

Crédito: Smbiosis

 

 Claro está que así, guiados únicamente por la luz de las fechas, es imposible determinar si la colocación de estas cruces en la Catedral de Tampico fue una muestra de apoyo al movimiento nazi, que vivía su apogeo en Europa mientras aquí se reconstruía el templo, con el apoyo de la alta sociedad tampiqueña integrada en buena medida por extranjeros. Pero ojo, tampoco es posible descartarlo con tanta facilidad.

 La otra fuente consultada por Milenio Diario de Tampico es el historiador José Antonio Cruz, miembro del Consejo de la Crónica de Tampico. En la nota, el investigador se concentra en explicar la historia de la cruz gamada y cita su origen en la tradición hindú, que relaciona el símbolo con buenos augurios y bienestar.

 Habla además de su presencia en algunos templos cristianos donde se utilizaba para disimular la cruz tradicional y escapar de las persecuciones religiosas. Sin embargo, no cita ningún ejemplo en concreto, mientras que el propio sacerdote Elías Gómez reconoce en su entrevista que la de Tampico puede ser “la única iglesia en México y en el mundo que tiene estas Cruces Gamadas en el piso”.

 Gracias al reportaje publicado por Milenio Diario de Tampico queda claro que historiadores y periodistas tienen mucho trabajo por hacer,  pues surgen varias interrogantes:

¿En qué fecha exacta se colocó el piso que adorna actualmente el pasillo principal de la Catedral?

 Si el símbolo es tan antiguo y tan popular ¿habrá más iglesias católicas en el mundo que muestren estas cruces? Si no ¿por qué sólo la de Tampicio?

 Atendiendo la primera explicación del historiador José Antonio Cruz ¿qué hace un símbolo hindú tan antiguo en una iglesia católica apenas centenaria?

 Más allá de que las fechas parecen decir algo y logran, por lo menos, sembrar la duda, de todo esto también surge una certeza. En dos ocasiones la Diócesis de Tampico ha tenido la oportunidad de remover los mosaicos. Una en 1990 durante su anterior remodelación y la otra actualmente, pues el propio Elías Gómez reconoce que ante el mal estado del piso, tienen el permiso del Instituto Nacional de Antropología e Historia para eliminarlo, “pero se decidió conservarlo”.

 Y es que nadie puede negar que hoy la cruz gamada tiene una sola connotación. La atrocidad histórica del nazismo ha acaparado su significado y no hay manera de observarla sin inmutarse o recordar inevitablemente el Holocausto. El mismo sacerdote cuenta que más de una vez, algunos visitantes judíos han pedido que se cubra con una alfombra todo el pasillo central “para no ver esas cruces porque piensan en Adolfo Hitler”.

 La investigación histórica sobre los verdaderos motivos que llevaron a la colocación de ese mosaico en la Catedral de Tampico, se la pelearán los historiadores y los periodistas de la zona. Pero lo que ya no se debería callar es la otra pregunta: ¿Por qué conservar en el templo ese símbolo, recordatorio implacable de la miseria humana?

Tepetzintla, la tierra del colibrí

tepetzintla 1  Crédito: Asociación Civil Huitzizilin

Tepetzintla es un poblado

que tiene bosques y flores

también se toca el huapango

con sus versitos de amores

Y hay muchachas como mangos

de ojitos encantadores

(versería para el son El Tepetzintleco)


Los grandes honores en los campos de batalla que pisaban los mexicas, eran para los caballeros águila. Pero el colibrí (huitzizilin) tenía reservada una misión más importante: los guerreros caídos en la batalla renacerían multicolores y más pequeños, con plumas y un pico como espina.

 A Antonia Vera la recuerdo siempre en su campo de batalla: el de la promoción cultural y el rescate de las tradiciones. La asociación que dirige adoptó el nombre náhuatl de los colibríes y desde hace al menos una década lleva a cabo una labor invaluable en su Tepetzintla. 

La recuerdo por ejemplo, conduciendo a grupos de mirones e investigadores, entre los caminos de zempazúchil que indican el camino a los muertos cada 31 de octubre; cargando sillas en la plaza y mirando el cielo para adivinar si habrá lluvia por la noche o los huapangueros podrán tocar al aire libre; explicando el significado de las deidades de los tenek y náhuatl.

Y es que Tepetzintla es uno de los pueblos más antiguos de la Huasteca. Será por eso que en sus calles se camina diferente que en otros sitios y el viento sopla de otra forma, como más ligero. Ahí, rodeada por cerros siempre verdísimos, trabaja doña Antonia al frente de Huitzizilin. Por estos días prepara la huapangueada que cada verano reúne a músicos, poetas y bailadores de toda la región.

La fiesta comienza el 18 de julio; el próximo fin de semana pues, va a retumbar la tarima, son los latidos de la tradición. Como siempre, estamos todos invitados.

Sobre la mediocridad y la desobligación

Volver al terruño siempre es reconfortante, sobre todo darse cuenta de que algunas cosas nunca cambian. Vaya, de inmediato uno se siente en casa. Para muestra, una joyita de las pasadas elecciones.

En una nota publicada en Milenio Diario de Tampico por los reporteros Jesús García y Joaquín López, la Directora de Cultura del Ayuntamiento de Tampico, Katty Marón, dio su opinión sobre la importancia de las elecciones.

Según sus palabras, aquel ciudadano que osó anular su voto o simplemente desistió de participar en este sistema, “no tiene derecho a absolutamente nada, ya que realmente no está cumpliendo con su obligación como ciudadano; además a mi parecer las personas que no votan son mediocres…”.

Amén.

¿Queda alguna duda de por qué cobró tanta fuerza el movimiento de la anulación?

Gripe y elecciones

foto elecciones 

 El lunes, el Distrito Federal comenzó a latir como siempre, caótico. “El PRI aplasta al presidente” se lee en la portada de uno de los diarios nacionales. La frase no podría ser más certera. En las elecciones que se realizaron un día antes, el país se volvió a pintar tricolor. El Partido Revolucionario Institucional (sí, el de la dictadura perfecta) le dio una paliza a Acción Nacional, el partido en el poder. El PRD, como se esperaba, no figuró.

 La mañana postelecciones, el aeropuerto de la Ciudad de México también comenzó a latir como siempre, caótico. Es un monstruo que no duerme nunca y que, por lo visto, se divierte perdiendo a inocentes viajeros en su laberinto de rampas eléctricas. Pese a todo eso, el monstruo guarda cierto orden que le permite no colapsar.

 Entrar a México por el aeropuerto, requiere –como en todas partes- pasar por trámites migratorios y aduanales. Y por estas fechas, también hace falta pasar por trámites sanitarios, muchos. El primero es sin duda el más sencillo de librar: un formulario en el que aseguras con tu firma que no tienes ningún síntoma de la gripe A. Nadie que tenga un poco de tos y catarro, está dispuesto a marcarlo en la hoja y arriesgarse a pasar varias horas atrapado en una oficina de la Secretaría de Salud.

 El segundo apela a la tecnología. Tres veces hay que pasar por diferentes scaners donde miden tu temperatura corporal. Las lucecitas rojas en el monitor nunca son deseables. Azul es el color que todos quieren.

 Pero cuando uno cree que está listo para salir y respirar el aire contaminado de la capital mexicana, se levanta una última barricada sanitaria: un médico que te toca la frente, te revisa los ojos, y certifica que no tienes gripe. Yo estoy sano al menos por ahora.

 El contraste respecto a las medidas de prevención es impactante cuando el último aeropuerto que pisaste es el de Ezeiza, en Buenos Aires. Salí de Argentina y no me preguntaron ni mi nombre. Nadie revisó mi temperatura ni me ofreció una gota de alcohol en gel.

               ***

 Después de la contingencia sanitaria, en el Distrito Federal la actividad prácticamente ha vuelto a la normalidad. La ciudad se enfrasca en su desmadre cotidiano y pocos hablan de las elecciones. Los diarios sí lo hacen y coinciden en la derrota del oficialismo.

Entonces, a mí me llega un deja vu desde el pasado: el domingo anterior, cuando los Kirchner perdieron sus elecciones lesgislativas.

 Sinceramente no entiendo la política argentina, pero periodísticamente me pareció impresionante que a pesar de todo, el tal Francisco de Narváez, un rubio absolutamente incapaz de expresarse, resultara vencedor.

 Ahora que lo pienso, tampoco entiendo la política mexicana y la manera en que la ciudadanía participa en su democracia. Lo que sospecho es que el lugar más común de todos es cierto: los mexicanos tenemos muy mala memoria.

La crónica retrasada

Nunca sé que responder cuándo me preguntan si el problema del narcotráfico en México es tan grave como parece. A veces pienso que el país se está convirtiendo en un infierno y otras veces asumo más bien que somos todos un montón de exagerados.

 Entonces me puse a pensar en qué relación tengo –yo, un mexicano común y corriente- con el narcotráfico. Como todavía no sé qué decir, aquí va una crónica que debí escribir hace más de tres años. Nunca lo hice.

 La cara desencajada del empleado decía muchas cosas pero no las que nosotros queríamos saber. Algo había pasado, estaba claro, algo grave. El bar estaba vacío a pesar de que a esa hora ya debería estar arrancando el concierto. Así seguiría por un buen rato. No podíamos pasar, nos explicó.

Las noches tampiqueñas pueden parecer monótonas. El mismo bar siempre, la misma música, la misma bebida, etc. Sin embargo, si uno sabe lo que quiere, puede divertirse fácilmente. Esa noche yo quería escuchar reggae y Carlos también quería. Esa noche tocaba la única banda de reggae de Tampico.

 Cuando llegamos, la escena era desconcertante. Un bar con las luces inusualmente encendidas, el viejo amigo que trabajaba ahí prácticamente mudo, y los músicos yéndose con prisa. Poco a poco hilamos la historia: Alguien se había llevado al dueño del bar con muy malos modales.

 Nos sumamos pues al silencio y a la tensión del ambiente. Éramos tres jóvenes metidos en un bar sin saber qué hacer, a quién acudir o hacia dónde ir. Éramos tres jóvenes que no saben cómo reaccionar cuando pasan cosas así.

 Pasaron unos cuantos minutos. Un montón de camionetas llegaron al lugar y de ellas se bajaron por lo menos diez hombres, todos grandes, todos podían atemorizarte con sólo mirarte a los ojos. Y lo hicieron. Cruzaron la calle para entrar al lugar, nosotros salimos. Actuábamos como por impulso, estábamos en shock, pero no nos fuimos. Cruzamos la avenida y nos sentamos en la banqueta escuchando lo que hacían.

 Lo destruían todo. La batería, las bocinas, las pantallas recién compradas. Adentro no quedaba nada. El primer balazo nos despertó del letargo. Apenas en ese momento nos dimos cuenta de que estábamos en peligro. Carlos y yo corrimos hacia mi coche. Nuestro amigo caminó en dirección contraria.

 Arrancamos. Nos detuvimos frente a él. Estaba inmóvil. Sube. Arranca. Sube. Sube. Arranca. Sube cabrón nos van a matar.  Balas. Arranca pendejo. Balas. La pistola en nuestras narices. Arranca. Es demasiado. Cuídate cabrón. Arranco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Que vivan las argentinas!

 Los que me conocen –sobre todo aquellos que compartieron aventuras musicales conmigo- saben que no soy un tipo demasiado exigente. Siempre me ha parecido suficiente con que sean bonitas y que se puedan tocar bien.

En esa categoría, claro está, no entran ni entrarán nunca la mayoría de las guitarras chinas.

 Me explico. El mundo está siendo invadido por miles, millones de guitarras Made in China que son baratas, chafas y la mayoría de las veces, muy feas. La clave está en que son producidas a niveles masivos y a costos bajísimos lo que les permite a sus fabricantes prácticamente regalarlas en el mercado.

 Desde luego esto afecta a la mayoría de las industrias guitarreras del mundo y por lo que comprobé hoy, la argentina no es la excepción.

 La calle Sarmiento, en el centro de Buenos Aires, es algo así como la calle Bolivar del D.F. o la calle Aduana de Tampico (sí, ahí donde está Radio Tacea). En ella se concentra una buena cantidad de tiendas de instrumentos.

 Ahí, la guerra de las guitarras entre China y Argentina se libra en cada puerta. “Por lo que pagas por una guitarra argentina, puedes comprarte una china de mucho mayor calidad”, te explica algún vendedor. Otro, el vecino, te dice que comprar una china es como un pecado.

guitarra nueva 

El caso es que ayer adquirí mi nueva guitarra. Seguí mi plan y no gasté mucho. Para ser sincero, ahora que la veo bien, creo que es por mucho, la más fea que he tenido. Tiene una horrible caja negra y suena apenas un poco mejor que una lata con cuerdas.

Probablemente, el vendedor proChina tenía razón y por lo que pagué, pude haber obtenido un poco de mayor calidad,  pero como a mí me gusta apoyar la industria del país que me acoge, me he comprado una guitarra marca Fonseca.

Además aclaro que no me estoy quejando,  siempre tengo presentes las sabias palabras de mi hermano Quique: “¿Qué querías por un varo?”.

Si ya te aguanté un descenso, te llevo en la sangre…

tampico madero 1994

Dice Mario Benedetti en nomeacuerdoqué libro que la felicidad no puede manifestarse como un estado permanente. Según él, la felicidad viene en pequeñas dosis. Sensaciones fugaces que no nos visitan muy a menudo.

 Yo estoy de acuerdo con él. Tanto, que tengo bien archivados en la memoria mis momentos de felicidad. Ahora, que desde Tampico llegan malas noticias se me ha venido a la cabeza uno en particular.

 Era 1994 y los mexicanos tenían pocas cosas para festejar. Yo tenía nueve años así es que no entendía demasiado de crisis económicas y asesinatos. Pero sí que entendía de futbol. Ahora vengo a decirlo sin pudor: el futbol lo era todo para mí a los nueve años.

 El escenario de ese granito de felicidad es el Estadio Tamaulipas. Estaba lleno, había gente colgada de las lámparas y gente apretada en los túneles que rodean la cancha. Había más de 30 mil personas en un estadio con capacidad para 21 mil. 

 Éramos todos jaibos, todos azules. 60 mil ojos siguiendo la pelota que rodaba más hermosa que nunca. Esa noche el Tampico Madero volvió a Primera División y yo fui feliz. Estoy seguro que muchos otros también lo fueron.

 Hoy llegan malas noticias desde el otro puerto. Una cuestión administrativa va a dejar fuera de competencia al equipo. Ahora que el tiempo para nuestra Jaiba Brava parece estar contado, me ha dado por mandar un abrazo a todos los jaibos del mundo.  ¿Cómo no los voy a querer?

Periodismo y subjetivismo

la cueva

Cuando arranqué con este blog me había prometido a mí mismo que no sería “tan” exhibicionista. Quería priorizar las cosas periodísticas por sobre mis cuestiones personales.

 Pues bien, en la clase de hoy hablamos sobre periodismo y subjetivismo y sobre escribir o hablar de las cosas que uno vive. De las cosas que uno vive en serio. Hoy quiero escribir de cómo me siento.

 Por segundo día consecutivo desperté queriendo estar en México. Estoy por cumplir tres meses en Buenos Aires y sé que para mucha gente eso es igual a nada. No para mí. Nunca había pasado tanto tiempo fuera de Tampico y es en estas circunstancias que entiendo el significado de la palabra casa. Qué cursi.  centro01

 Qué ganas de estar en casa sufriendo los cuarenta grados tampiqueños. Qué ganas de bañarme en el mar al que no entré durante todo el año anterior. Qué ganas de enchilarme hasta que se me hinche la boca.

 Qué ganas de tomar un avión en este instante. Qué ganas de contagiarme de gripe porcina. Qué ganas de tocar a mi novia. Qué ganas de ver a mis amigos. Qué ganas de caminar por el centro.

 Qué ganas de largarme.

 

(Sí, lo del periodismo y el subjetivismo era una pinche excusa para legitimar mi lloriqueo y las fotos son de Carlos Juárez)

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