Archivos para 19 febrero 2010

Algo sobre los ranqueles

La Pampa: los últimos hablantes de la lengua ranquel y la lucha para mantener viva su cultura

Por Miguel Domínguez y Felipe Quiroga

 Victorica es un pueblo donde la mayoría de las calles son de tierra. Allí, la gente duerme rigurosa siesta y saluda a los desconocidos. Es la población más antigua de La Pampa y turísticamente se promociona como la “capital ranquelina”, ya que fue el principal asentamiento de esta comunidad aborigen hasta la llegada de las campañas militares que tenían el objetivo de conquistar la zona y desplazar a los indígenas. En Victorica, ubicada a 151 kilómetros de Santa Rosa, a 737 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, la historia puede leerse en sus monumentos. Una historia de contradicciones: en la plaza principal aún hay un monumento –una especie de pirámide- con placas conmemorativas por la Campaña del Desierto. Otro ejemplo: la ciudad, fundada en 1882, debe su nombre al abogado y militar Benjamín Victorica, quien en esa época era Ministro de Guerra de la Nación. Mientras que según el censo de 2001, en Victorica viven 6 mil habitantes: de ellos, se estima que el 70% son descendientes de la población ranquel que habitó la zona y cuya cultura lucha para no desaparecer.

Su lengua apenas persiste en un puñado de hablantes y algunos de ellos tratan de enseñarlo a las nuevas generaciones como una manera de rescatarlo. A pesar de algunos avances, los resentimientos históricos (aún perceptibles de manera sutil) entre “indios” y “blancos”, las miradas de recelo hacia lingüistas y antropólogos que quieren investigar su cultura, la falta de continuidad de los cursos y las dificultades para capacitar nuevos docentes son algunos de los obstáculos de una batalla que por momentos parece inevitablemente perdida para los ranqueles. Pero a pesar de todo, parecen dispuestos a darla.

Una escuela en el desierto

Miércoles a la mañana. Luis Dentoni, el lonko (cacique) de la comunidad ranquel de Victorica se sube a su auto. Pasa a buscar al docente Ronal Van Meegroot y a Sabina Denicia Cabral, otra descendiente ranquel. Viajan durante 40 minutos, rumbo al oeste, atravesando el árido paisaje de La Pampa, que poco a poco, mientras más se acercan a su destino, se vuelve más inhóspito: la vegetación desaparece casi por completo, el polvo vuela en todas direcciones y el sol cae implacable sobre la carretera. Ocasionalmente se puede ver un avestruz o un zorro cruzando la ruta. “Si vivís en La Pampa tenés que armarte de paciencia y te tiene que gustar viajar. Nada queda al toque”, dice Ronal.

El auto dobla y entra a un camino de tierra suelta: son cinco kilómetros sobre el fino polvo, hasta que aparecen dos construcciones en medio de la nada. El primer edificio es un destacamento policial, el otro es la escuela de La Pastoril, donde maestros y alumnos conviven las 24 horas: son siete docentes y seis miembros del personal de servicio. Los 40 chicos, de entre 6 y 14 años, provienen de ciudades y pueblos cercanos.

En la escuela albergue, además de las materias tradicionales, los alumnos aprenden vocabulario del idioma ranquel, un curso que dictan Luis y Ronal, actualmente reemplazantes de Nazareno Serraino y Daniel Cabral, los titulares. Sabina, mientras tanto, se encarga de enseñar tejido con telar, de la misma forma en que lo hacían sus antepasados. Todo es parte del proyecto “El valor de mi identidad”, que nació hace 20 años como una forma de mantener viva una cultura y de combatir la discriminación que había hacia los indios. “En ese entonces había niños ranqueles, así que, después de una investigación, la directora anterior impulsó la enseñanza de costumbres de esa comunidad, de su lengua, de su historia, de la utilización que hacían de las hierbas, de sus juegos y de sus artesanías”, cuenta la directora actual, Noemí Gioyosa. Hoy, en la escuela ya no hay descendientes directos de ranqueles, sólo algunos parientes en tercera o cuarta generación. “Se superó la discriminación y se dio una revalorización de la identidad ranquel”, comenta.

Teresita Zapata es maestra de quinto y sexto grado, pero en la escuela, en donde enseña desde 1987, todos le dicen Tere. “El proyecto se hizo porque en 1988, cuando se inició, el 50 por ciento de los chicos tenían ascendencia ranquel”, precisa, y cuenta que luego de algunas idas y vueltas, este es el cuarto año consecutivo en que se dicta el curso de vocabulario. “Es algo que hay que enseñarles a los chicos porque estamos pisando tierra ranquel”, agrega Tere. Sin embargo, la tarea es difícil. “Una vez que pasan a la secundaria y se van de la escuela dejan de aprender el vocabulario. No hay continuidad”, se lamenta la docente.

Marí, marí”

Afuera, los chicos juegan. Suena la campana y se termina el recreo. Se forman, entran al aula y saludan: “Marí, marí”, dicen a coro. Por la ventana se ve un árbol, un alambrado y la desértica inmensidad pampeana. Ronal escribe en el pizarrón la fecha: “Miércoles 14 de octubre. Año 2009”. Entre todos la traducen al idioma ranquel: “Meli aytu mari meli mari kuien tripantu epu uaranka aillu”. Los chicos participan con interés, se divierten, y como en todas las escuelas, hacen bromas. Después llega el turno de repasar la manera de nombrar a los animales. Como hablante, Luis Dentino se encarga de corregir la pronunciación.

A pesar de que la directora ya aclaró que en la matrícula no hay más descendientes directos de ranqueles, cuando a los chicos se les pregunta quién tiene pasado indígena, prácticamente todos levantan la mano con un entusiasmo infantil que bien podría entenderse como orgullo. Quizás por eso, al principio de este ciclo académico, cada uno de los chicos escogió su propio nombre ranquel. Luciano, por ejemplo, eligió llamarse Iomau Kawellu, que significa “Caballo Veloz”. Walter pasó a ser Auka Kawellu, que quiere decir “Caballo Salvaje”. Camila es Kidu Pal, cuya traducción es “Estrella Solitaria”.

No hay manera de intentar enseñar la lengua ranquel, sin procurar un acercamiento con esa cultura. Y el encargado de mostrar a los chicos diversos aspectos de su pasado, es Luis, quien por ejemplo exhibe la bandera ranquel y explica su significado, antes desconocido para la mayoría de los alumnos. En la insignia hay un hombre con la vincha característica de los ranqueles y los brazos bien abiertos “porque quiere abrazar el universo”. Aparece el sol, símbolo fundamental la cosmogonía de ese pueblo. También hay una cruz hecha con patas de avestruz, uno de los animales con los que se alimentaban. Además, hay referencias a los cuatro vientos (el cuatro es un número sagrado para los ranqueles). Los colores también tienen su sentido: el negro por el “luto” y el “oscuro pasado” de la época en que fueron eliminados a causa de las campañas militares; el rojo hace referencia a la sangre derramada; el azul es por el cielo y el verde por los campos. La clase finaliza con todos los chicos copiando en sus carpetas el diseño de la bandera, que resultó elegida en un certamen entre las comunidades ranqueles de La Pampa en 1999.

 

Las dificultades para aprender

Ronal es santafesino y vive hace 11 años en Victorica. Fue maestro de carpintería en escuelas técnicas en Santa Fe. Su amistad con Luis lo llevó a enseñar el idioma ranquel y a aportar su capacidad de docente para apoyar al hablante. “Cuando surge la posibilidad de dictar la lengua, Luis me convocó. La Pastoril es el único lugar fijo de La Pampa en donde se dicta el curso. En otros lugares nos solicitan para que vayamos. También le enseñamos a gente grande. Por ejemplo, ahora los lunes estamos yendo a General Acha a dar clases a adultos y la mayoría tienen más de 50 años”, dice Ronal, quien aclara que el aprendizaje de la lengua ranquel no resulta sencillo por las diferencias con la pronunciación del castellano. “Es difícil acostumbrarse a la fonética. Se habla con la lengua pegada al paladar y casi sin respiración”, opina.

Si bien el proyecto “El valor de mi identidad” hace hincapié en la importancia de rescatar la lengua, quienes lo llevan a cabo –concientes de la complejidad de la tarea- también le dan prioridad a otros aspectos de la cultura ranquel. Ronal, por ejemplo, explica que además del vocabulario, lo importante es “hacerles conocer a los chicos que hubo otra cultura y otra historia”, sobre todo por el hecho de estar en “el foco de la patria ranquelina”. “Además de la escritura y la forma de hablar son muy importantes las anécdotas que sabe y cuenta el lonko, porque la historia ranquelina nunca fue escrita”, añade. Según dice, de a poco se está tomando conciencia con respecto al valor de la identidad aborigen: “Se está queriendo avanzar en ese sentido. Por ejemplo en la Fiesta de la Ganadería que se hace en Victorica, el lonko desfila con la bandera ranquel. Además, recién ahora se está entendiendo lo que significó el genocidio del 12 de octubre”, expresa, y agrega: “La Historia argentina es apasionante. Tiene tantos matices y también muchas mentiras, como decir que se hacía Patria con la Conquista del Desierto”.

El bisnieto del cacique

“Yo era un indio de mierda”, recuerda Luis Dentoni, quien junto con otro puñado de interesados, es uno de los protagonistas de esta lucha ranquel por rescatar su lengua. Lo dice, porque no olvida que hace algunos años, él, junto a los descendientes directos de los indígenas, eran víctimas de discriminación en todas partes. “Éramos discriminados por los compañeros, por los mismos profesores, el indio era lo peor, el indio era el ladrón, el atorrante”, relata.

El sitio donde está emplazada la escuela, en los campos de una zona conocida como La Pastoril, es de hecho, un ejemplo más de lo que reitera una y otra vez el lonko: para donde se mire, no hay sino desierto. Es un terreno hostil donde no se puede sembrar nada y el clima castiga lo mismo con el frío que con el calor. Hasta ese sitio fueron arrastrados los ranqueles luego de la llamada Conquista del Desierto. La mayoría de ellos se terminó asentando en una reserva que creó la autoridad: la colonia Emilio Mitre que está ubicada a escasos kilómetros de la escuela. “Obviamente los trajeron acá directamente para que se murieran, pensaron que no iban a sobrevivir”, explica Luis. Pero sobrevivieron, y hoy, aun con todo en contra, parecen más dispuestos que nunca a rescatar su cultura.

Luis se presenta como el lonko de Victorica porque es, según afirma, bisnieto del cacique Yancamil, el último de los ranqueles que tuvo que enfrentarse al ejercito nacional en la llamada Batalla de Cochicó. Yancamil tuvo a su cargo sesenta konas, como se denominaba a los indios en una batalla decisiva. Una más de las particularidades de Victorica: a unos cuantos metros del monumento levantado a los héroes que “extendieron nuestras fronteras civilizadoras”, como dice en una de las placas explicativas, está enterrado el cacique Yancamil. Sobre la urna que contiene sus restos, se levantó otro monumento, significativamente más pequeño.

El último cacique ranquel, según cuenta su bisnieto, murió en 1931 cuando tenía más de cien años de edad. Ocho años antes, se había levantado el monumento a los “héroes” y él, como habitante de Victorica, fue testigo presencial de su inauguración. La historia, que hoy cuenta Luis, indica que Yancamil no pudo quedarse callado esa mañana y cuando un militar leía algún discurso sobre la Batalla de Cochicó, le gritó llamándolo mentiroso. “Hay testigos”, argumenta orgulloso el bisnieto, conciente de que la historia más bien parece sacada de una película. Al cacique se lo llevaron preso, y mientras lo conducían a la prisión, siguió vociferando insultos contra los militares pero ahora en lengua ranquel. Un buen día, a Luis lo asaltó la duda. Quería saber qué decía su bisabuelo y la respuesta se la dieron otros familiares que presenciaron el hecho: exigía un monumento igual, con los mismos honores, para los konas que habían perdido la vida en la batalla.

Su petición no fue cumplida hasta más de setenta años después, cuando Luis, el actual lonko de la comunidad ranquel, se dio a la tarea de rendirle un homenaje a su bisabuelo. Con la ayuda del gobierno de la provincia y la anuencia de los descendientes de ranqueles, trajeron los restos de Yancamil desde el panteón hasta la plaza principal de Victorica, donde actualmente se levanta su monumento –una placa de mármol negro, con la escultura de un par de zorros- corona uno de los costados, el que está frente al Palacio Municipal.

Un proyecto de apoyo  

No existen estadísticas sobre la cantidad real de hablantes de la lengua ranquel, pero se calcula, según los miembros de la comunidad, que podrían contarse con la palma de la mano, e incluso en ese caso, debería hacerse una distinción entre aquellos que conocen el vocabulario de su lengua, es decir, que saben cómo traducir las palabras, y aquellos que son capaces de entablar conversaciones en ranquel. En ese caso, el conteo se vuelve aun más crítico y el panorama para esa lengua, más desesperanzador: mientras no haya un uso natural del idioma, parece difícil que las nuevas generaciones puedan aprenderlo y utilizarlo en la vida diaria. De hecho, algunos textos académicos hablan de la lengua ranquel como una lengua extinta.

En ese contexto, entra a la escena otro protagonista importante: la Universidad Nacional de La Pampa, que ha intentado desde hace más de una década vincularse con las personas que trabajan en pos del rescate de la lengua ranquel. Hoy, trece años después, el Instituto de Lingüistica de la Universidad está por echar a andar un proyecto que fortalecería los talleres que ya se imparten en la provincia de La Pampa, sobre todo, dotándolos de mayores herramientas pedagógicas, hasta ahora casi inexistentes en los programas académicos que siguen los docentes de ranquel. Además de asesorar a los docentes ranquelinos en la metodología, también se les ayudará a la elaboración de los materiales que puedan servir de apoyo para sus clases, una asignatura que ha quedado pendiente a lo largo de los talleres y que termina por desanimar a buena parte de los alumnos. El principal problema, según el documento que presenta la universidad para sustentar su proyecto, es que los profesores del taller “han trabajado en soledad todos estos años, ya que en la provincia de La Pampa prácticamente no se han desarrollado instancias de reflexión acerca de la Educación Intercultural Bilingüe”. Si bien se apunta a trabajar en primera instancia con los profesores que ya están trabajando en los talleres, no se descarta la capacitación de más docentes.

 El proyecto que impulsa la Universidad Nacional de La Pampa parte de la posibilidad de que aún hay posibilidad de rescatar la lengua, aunque el documento reconoce que en la década de los ochenta la cultura ranquelina entró en una etapa de desgaste que prácticamente la llevó a la desparición, lo cual se debe entre otras cosas a la obligación de los chicos de asistir a la escuela para aprender el castellano; a la discriminación que los obligó paulatinamente a renunciar a sus tradiciones y costumbres; y al fenómeno de la migración que afectó a la zona. La pertinencia del proyecto, concluyen sus creadores, radica en que la Argentina y el resto de América Latina se han sumado poco a poco al reconocimiento del derecho que tienen todos los pueblos indígenas del mundo a la educación intercultural bilingüe. Así, poco a poco, se empiezan a multiplicar los esfuerzos por rescatar la cultura y la lengua ranquel, lo cual ya comienza a evidenciarse incluso en las calles de Victorica donde algunos de sus habitantes se muestran orgullosos de su origen indígena.

 Aunque los descendientes de ranquelinos lo nieguen y aseguren que su idioma goza de buena salud, el futuro de la lengua sigue siendo incierto. Parece que no les gusta mostrar flaqueza. Su batalla continúa.

Diego Felix, el cocinero latinoamericano

Diego Felix, el cocinero latinoamericano

Foto tomada de www.diegofelix.com

 

 De pronto detiene el ritmo de la conversación. Guarda silencio y pierde la mirada en un rincón de su jardín. La pierde sólo para encontrar un colibrí que vuela frenético sobre unas flores muy pequeñas que contrastan con el verde predominante en el huerto que tiene atrás de su casa. Diego Felix obtiene de aquí muchas de las hierbas que utiliza para cocinar. El argentino, que tiene treinta y tres años, y cuyo trabajo ha aparecido en diarios como el New York Times y el Washington Post, se define simplemente como un “cocinero latinoamericano”. O al menos eso dice su tarjeta de presentación.

La interrupción del colibrí es momentánea, pero dura lo suficiente para que Diego deje un tema y vaya a otro. Así es él. Está siempre en movimiento, físico y mental. Dice que le cuesta trabajo permanecer estático, quizás por eso, en estos momentos en que su proyecto Casa Felix está consolidado como el más representativo de los restaurantes privados de Buenos Aires, ya está pensando en el paso que sigue. Y tiene muchas ofertas: hacer un programa de televisión, un libro, asesorar gastronómicamente a hoteles boutique, realizar recorridos gastronómicos. Como si no fuera suficiente con ofrecer su comida en Argentina y viajar una vez por año –por lo menos- a Norteamérica para pasar meses cocinando, ofreciendo su comida latinoamericana a exclusivos y reducidos grupos de personas.

 Casa Felix está en el barrio de Chacarita, tan cerca y tan lejos del glamour gastronómico de Palermo. Ahí vive Diego junto a su pareja, Sanra Ritten, una fotoperiodista de San Diego, California, con quien se ha embarcado en un viaje periodístico y culinario. Los fines de semana, su casa se convierte en un restaurante que abre sus puertas para no más de quince personas que pagan algo así como 30 dólares por una cena de cinco pasos. “No será la mejor cena de sus vidas, pero sí la más inolvidable”, suele decir el cocinero.

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 Diego nació en Ciudad Evita, muy cerca del aeropuerto de Ezeiza. Su madre es una farmacéutica que se obsesionó con las complejidades de la nutrición, y por ello convirtió a toda la familia al vegetarianismo. Cuando tenía cinco años, era el único niño que llevaba arroz para comer en la escuela. Sólo arroz. “Eso fue en los ochenta, así que era bastante loco”, recuerda el cocinero con nostalgia, y con un dejo de insatisfacción por admitir que en su infancia se privó de conocer muchos sabores. Lo que le ofrecía su madre era solamente lo necesario para nutrirse. El placer por la comida no era un concepto que interesara en la familia Felix.

 Crecer en una familia vegetariana de clase media definió en buena medida el camino que seguiría el futuro cocinero, y que irremediablemente apuntaba hacia el norte, muy al norte. Luego de una adolescencia en la que se interesó por el teatro y que incluyó mucho tiempo dedicado a las clases de actuación, Diego decidió abandonar la casa familiar para emprender un largo viaje que duró ocho meses y que tuvo su destino final en la Ciudad de México, a donde llegó decidido a enfrentarse con una de las capitales más grandes del mundo.

 La manera de enfrentarse era con la actuación. Diego confiaba en que su experiencia le ayudaría para obtener trabajo como extra o como actor en comerciales, una pretensión que de hecho se cumplió pero que dejó insatisfecho al joven bonaerense que ahora era uno más en la lista de argentinos que por aquellos años, antes del 2000, buscaban abrirse paso en el mundo de la televisión mexicana. Lo que no le gustó era que aparecer en comerciales no le exigía el más mínimo esfuerzo creativo. No era para eso para lo que había estudiado. Cuando dejó de buscarse la vida en la publicidad, se dedicó a atender mesas en un restaurante del D.F. Dos años pasó así, hasta que decidió volver al sur. “Para cagarme de hambre, prefería cagarme de hambre en mi casa”.

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 Diego Felix no aparenta los treinta y tres años que tiene. Parece mucho más joven y por ello, escucharlo hablar de su historia y de lo que ha conseguido en el último lustro, resulta aún más sorprendente. La secuencia es así: un día hace seis años, decidió que quería cocinar y aprendió a hacerlo. Hoy, los medios especializados del todo el mundo –no tanto los argentinos- están atentos a su labor gastronómica. A los especialistas les llama la atención su propuesta “pescatariana” (en la que sólo se consumen vegetales y pescado) que hurga en lo más profundo de las raíces latinoamericanas y que ofrece los platillos más impensados. En Casa Felix se puede probar por ejemplo, un salmón marinado en chimichurri sobre un mole mexicano, un locro de bixá y tamarindo, con mero adobado en pipián de cilantro y maní. La combinación imposible se materializa en sus platos.

 Recién llegado del barrio chino, donde compra algunos de los ingredientes que utiliza en su cocina, Felix reflexiona sobre el caos que le gusta experimentar. Está a gusto con él. En pocas horas llegarán los asistentes a una de sus cenas, y recién comenzó a pensar en lo que servirá. Además, tiene espacio para una larga entrevista en la que el tiempo no es problema. “En el caos yo puedo crear, me siento mucho más cómodo”, explica mientras de una mochila de viaje saca diferentes tipos de queso, cereales, huevos.

 La propuesta gastronómica de Diego Felix está íntimamente relacionada con la música mestiza. La comparación es de él: “Parte de lo que miramos para ver lo que queremos hacer, es Manú Chao”, cuenta con entusiasmo. En su casa, además, se escucha con insistencia a Calle 13, música mexicana, cubana. Latinoamérica en toda su expresión. Y es que él se define a sí mismo como un latinoamericanista. “Tengo un pensamiento un poquito idílico bolivariano, que es lo que expreso en mi comida”, lanza mientras sonríe. Un Evo Morelos multicolor también sonríe desde un poster que corona la cocina de Casa Felix.

 Ese caos al que recurre Diego es en realidad un caos creativo. La creatividad es, según sus palabras, lo que lo llevó a la cocina cuando tenía 23 años. Detras de él no está la historia del chico enamorado de la cocina que siempre soñó con poner su propio restaurante. Incluso hay una suerte de desapego en las palabras de Felix cuando comienza a hablar de su propuesta culinaria.

 Se explica: “Para mí lo más importante es la creatividad, no fue le actuación, fue la cocina, pero en otro momento me encantaría hacer carpintería, es muy loco lo que hacemos, encontré la cocina pero la pasión es por la creación”.

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 Sanra Ritten es “algo así como la manager” de Casa Felix. Compone junto a Diego una pareja viajera que ha hecho del camino su razón para seguir. Fotoperiodista de profesión, ha encontrado en la comida un tema de investigación que la llevó a publicar artículos al respecto en diferentes revistas especializadas. Los fines de semana, sin embargo, toda su pasión está puesta –igual que la de su novio- en servir los platos y sobre todo, en explicarlos a sus clientes.

 A la joven nacida en California evidentemente le gusta lo que cocina Diego. “Me encanta la creatividad”, cuenta unos minutos después de despedir a una persona que se encargará de instalar un techo verde, un techo de plantas en el patio de Casa Felix. “Me gusta mucho que intenta usar productos que normalmente no se usan así”. Quizás en eso radica la notoriedad que ha adquirido su cocina. Pero sabe, como lo sabe Diego, que eso también se debe a su falta de preparación académica. “Siempre está bueno tener técnica y estudiar mucho”, explica.

 El equipo que hacen Diego y Sanrra parece funcionar de maravilla. La relación laboral parece bien aceitada: mientras uno sirve, el otro explica; mientras uno explica, el otro sirve y corre hacia la cocina por más agua o por otra copa de vino. “Por suerte creo que hacemos un muy buen equipo, ahora tenemos casi tres años haciendo esto, lo difícil era encontrar el rol de cada uno porque no creo que trabajar en pareja sea para todos, pero creo que también es mucho de nuestra relación, somos pareja en la vida, tenemos muchos proyectos unidos”.

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 Los ocho meses que tardó Diego en llegar al Distrito Federal, desde luego tuvieron muchas paradas. La que más recuerda, porque según él, de alguna forma sintetiza el significado de ese largo viaje, es la que realizó en la Amazonia brasileña. Como la mayoría de los jóvenes latinoamericanos de la época, ya había leído la obra de Carlos Castaneda. Influenciado por las enseñanzas de Don Juan, la selva para él era la oportunidad ideal para probar cualquier especie de planta alucinógena. Lo hizo y la aventura se tornó peligrosa. “Fue una experiencia –ahora lo pienso, a esta edad- muy estúpida porque podría haber muerto, pero es una de las cosas que hacía un chico de clase media, semi burguesa. Esa fue una revelación, si no te cuidás vos, no te cuida nadie”.

 “Eso también me soltó el lastre de mucha historia familiar, que no es terrible, mi familia es buenísima, pero por lo menos, yo quería hacer mi propia historia”, cuenta. Y su propia historia lo llevó a México. El chico que nunca había experimentado la sensación de vivir –por ejemplo, en la capital argentina- de pronto estaba por su cuenta en el D.F.

 Durante su estancia ahí, habitó el barrio de La Condesa, algo así como el Palermo mexicano. Era en ese entonces y sigue siendo ahora, uno de los lugares más fashion y costosos de la capital. Ahí, Diego llevaba una vida de rico, “fresa”, dicen en México, “cheto” en Argentina. Era, claro, una simulación. Diego vivía como invitado en la casa de un amigo argentino que trabajaba como modelo, iba a las fiestas más exclusivas y se codeaba con las clases sociales más altas, pero no tenía un peso para salir a la calle. “Era increíble”, resume con una carcajada que todavía no puede contener.

 Pero lo más importante que trajo de México, y de los otros sitios que visitó en el continente, fue una maleta llena de sabores que pudo descifrar, coleccionar y que hoy revive para incluir uno por uno en su comida. Así pues, en el barrio de Chacarita, uno puede acceder a los aromas de Perú, de Bolivia, a los gustos de Colombia, de Brasil. Luego de ese viaje, la suerte de Diego quedó signada por la abundante diversidad latinoamericana. Hoy, su cocina se reconoce en todo el mundo mientras él piensa en el próximo paso que dará. En realidad, decir “piensa” tal vez sea una exageración. Diego, el caótico, seguramente espera una nueva pulsación para emprender el siguiente viaje.

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 Casa Felix algún día va a cumplir su ciclo, anuncia su creador con una seriedad que asusta. “No podés vivir toda tu vida teniendo cenas en tu casa con hijos, hace seis años que estamos juntos, nos casamos este fin de año y estamos pensando formar una familia”, cuenta –como si hiciera falta- para explicar sus razones. Sanra por ejemplo, ya está aburrida y apenas hace dos semanas retomaron la rutina después de su gira por Estados Unidos. Son inquietos por naturaleza. Viajeros.

 Y es que hay algo en común entre los clientes de Casa Felix que excede las nacionalidades y las edades. Se trata de gente en permanente viaje. Aunque reconoce que su público está compuesto mayoritariamente por extranjeros (“Los porteños te llaman a las 9:40 para preguntarte a qué hora es la cena de las 9:30”), Felix hila más fino y explica que su comida es precisamente para nómadas. “Porque nosotros lo somos”.

 “Para los locales es más difícil porque es un riesgo venir a comer a la casa de alguien, que no sabés lo que vas a comer, y segundo es latinoamericano pero no tiene ningún plato latinoamericano conocido; y la clase que puede tener el dinero para venir a comer, la clase media es una clase media conservadora, no hay una clase alta, alguien que pueda venir a pagar cien pesos por comer en la casa de un loco que tiene chuchos en su patio”.

 Diego habla de un club, “una vibra”.

 Quién sabe si los que escriben en el portal de Internet Guía Oleo serán viajeros pero ahí se pueden leer descripciones del restaurante tan entusiastas como esta: “Una experiencia gastronómica única en Buenos Aires: auténtica fusión… La comida fue absolutamente deliciosa… un descubrimiento de nuevos sabores”.

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 Pasa una hora después de la medianoche y Diego está en su estudio, todavía hay gente cenando en el living pero él está concentrado en otra cosa. Junto a Sanra, mira fijamente el monitor gigantesco de una mac. Están viendo en youtube un documental sobre los daños que genera para la ecología y para la salud humana, la minería a cielo abierto. Pone cara de espanto cada vez que aparece la imagen de algún ecosistema dañado.

 Y eso que el vegetarianismo lo dejó hace mucho. Hoy disfruta de una buena milanesa napolitana o de unas mollejas, aunque una especie de compromiso social lo obliga a cocinar sólo aquello que sea saludable. Su comida es pescatariana, pero más allá de eso, se niega a cocinar algo que sea nocivo para el cuerpo, por más rico que sea. (Cuando lo dice, piensa por ejemplo en un “delicioso cerdo con manteca al horno”).

 De pronto, aun sin que termine el video, vuelve el caos. Alguien pide la cuenta y Sanra se levanta de su asiento como disparada por un resorte. Él también se vuelve hacia otro sitio para buscar algo. Diego va de la calma al caos en un segundo. Pero incluso viviendo así, siempre hay tiempo para detenerse a sembrar huacatay o a escuchar el aleteo de un colibrí.



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