De Tampico a Chacarita: el viaje de Genaro Salinas

 

Por Miguel Domínguez

Elena Tortorelo era una cantante de tango. Si las versiones que circulan entre los investigadores de la música rioplatense son ciertas, y atendemos a la descripción del poeta Homero Manzi, hay que decir, por ejemplo, que cantaba el “tango como ninguna” y “en cada verso ponía su corazón”. María Elena Tortolero era Malena de Toledo, a quien Manzi habría escrito uno de sus temas más importantes: “Malena”.

De su vida se sabe poco, o casi nada. No entró nunca al olimpo del tango pero su voz habría cautivado a más de uno en diferentes partes de Sudamérica a donde fue a llevar su canto, acompañada por diferentes orquestas en la década de los cuarenta.

Una de las pocas cosas que se saben de su biografía, es que estuvo casada con Genaro Salinas: la voz de oro de México. Fue su viuda, la encargada de traer su cuerpo a Buenos Aires cuando el cantante murió de manera misteriosa en Caracas. Y hoy, su nombre apuntado en la vieja lista de un panteón porteño, es la única pista que sirve para llegar hasta el sitio donde descansan los restos de aquel joven tampiqueño que probó la gloria y que conserva cientos de fanáticos alrededor del continente, que no tienen, nunca tuvieron, un sitio donde llevarle una flor para recordarlo.

Genaro Salinas nació en 1920, en Tampico, Tamaulipas. Todavía no tenía veinte años cuando se radicó en el Distrito Federal para empezar a cantar en vivo en la XEW, la estación más importante del país, en la que entre otros, cantaron Agustín Lara, Pedro Infante, Jorge Negrete y Pedro Vargas. Era la década de los cuarenta, y el bolero vivía su gran auge en el mercado mexicano. Y Salinas, a quien los críticos catalogan hasta la fecha como uno de los cantantes con mayores aptitudes vocales que ha tenido México, encontró rápidamente un espacio para desarrollar su carrera.

Según Omar Martínez Benavides, uno de los investigadores más importantes de la vida y la obra de Genaro Salinas, en 1941 firmó su primer contrato discográfico con la RCA y grabó temas acompañado por las orquestas de Rafael de Paz, Miguel Ángel Pazos y Absalón Pérez. Su repertorio entonces estaba integrado por temas que se convertirían en grandes éxitos como “La número cien”, “Callecita”, y “Aquella tarde”.

Pocos años más tarde, Salinas también habría grabado para la compañía Peerles, otra de las empresas importantes en la industria del disco. Con una carrera consolidándose y un creciente éxito en las estaciones de radio y en los emblemáticos centros nocturnos de aquella vieja Ciudad de México, el futuro ya ofrecía algunos problemas para Salinas. Martínez Benavides, quizá su biógrafo más fiel, sostiene que el talento y el arrastre popular que comenzó a mostrar “la voz de oro de México”, como ya lo llamaban, generaron las envidias de un gremio que ya no tenía más cupo para celebridades. Ello lo habría llevado a buscar el aplauso, ahora hacia el sur, en un largo camino que incluyó países como Colombia, Chile, Perú, Venezuela, y Argentina, donde de hecho radicó durante varios años.

FLORES SIN RETOÑO
Los cementerios argentinos son muy diferentes de aquellos que debió haber conocido Genaro Salinas en su México natal. En Chacarita por ejemplo, el gris predomina. Casi no hay colores y las flores escasean. Algunas, incluso, son de plástico.

“Flor sin retoño”, cantaba Salinas en la década de los cuarenta. “Yo la regaba con agua que cae del cielo/y la regaba con lagrimas de mis ojos/mis amigos me dijeron ya no riegues esa flor/esa flor ya no retoña tiene muerto el corazón”. Nadie sabe de dónde salió pero hoy, una pálida flor artificial adorna el nicho en el que se hallan sus restos. En la urna, se mezclaron las cenizas de Genaro y de Malena. Así lo quiso su familia, sumida en un largo silencio que sólo parece explicarse por la trágica y misteriosa muerte del tenor mexicano.

En el cementerio de Chacarita no hay registro alguno de Genaro Salinas. El interés de sus seguidores alrededor del mundo por conocer el sitio exacto donde reposan sus restos, se veía siempre disipado por el misterio. Y el tamaño del camposanto hace prácticamente imposible una búsqueda física. “Está enterrado en alguna parte dedicada a los artistas”, decían algunos especialistas en el tema, sin saber exactamente a qué se referían. Sencillamente no hay manera de hallar a Genaro Salinas buscando por su nombre. “¿Un cantante, mexicano?”, ¿”En los cincuenta?”, “lo más probable es que ya no esté”, responden insistentemente y con sinceridad los empleados del panteón encargados de llevar los archivos.

Pero está. Y para llegar a él, hay que hacerlo a través de su mujer. Malena, la que cantaba el tango como ninguna. La libreta que maneja Soraya Acuña, de  la Secretaría de Acción Social de la Asociación de Actores Argentina, lo indica claramente: Tortorelo, de Salinas Elena, fallecida el 24 de noviembre de 1960. Su ficha, la número 247, en el empolvado cajón 184, guarda los datos de su entierro. Sólo entonces, debajo de su nombre, aparece el rastro de quien fuera considerado el tenor más dotado de su época: Salinas, Genaro, fallecido el 29 de abril de 1957. “Deben estar juntos”, señala sorprendida la empleada de la Asociación de Actores. Cuando falleció Elena, sus familiares decidieron juntar las cenizas en una sola urna. Lo dicho: no hay manera de llegar a Genaro Salinas, si no es a través de su viuda, fallecida tres años después que él.

El nicho es pequeño y dorado. A pesar del tiempo transcurrido, todavía brilla. En el frente se lee primero el nombre de ella con su fecha de nacimiento, y abajo el de Genaro Salinas. En el centro, con letras grandes y mayúsculas, la palabra “paz”. Las cenizas están en algo llamado el sector alto, pero para llegar hasta ahí, hay que bajar dos pisos por unas estrechas escaleras en el panteón de los actores, donde un vigilante atiende con la firme y casi única intención de ahuyentar a turistas y curiosos. El vigilante no recuerda la última vez que alguien visitó el nicho de Tortorelo y Salinas. Quizás nunca nadie lo ha hecho, una posibilidad que deja deslizar con una mirada silenciosa.

LA VOZ DE ORO
La figura de Genaro Salinas se ha ido agigantado con el tiempo, sobre todo, gracias al Internet, que ha permitido a sus seguidores -desperdigados alrededor del continente- reunirse en diferentes foros y páginas web donde analizan y comparten información sobre el cantante mexicano. Una de ellas, es “Música popular mexicana”, donde otra especialista, la doctora Egly Colín Molina, no duda en afirmar que “su estilo armonioso, unido a su prodigioso canto, lo representó entre los más cotizados tenores populares de su generación, y fue el más aventajado de los discípulos del gran juglar del siglo de oro de la canción popular, Tito Schipa, de quien técnicamente asimiló y desarrolló una depurada y elegante media voz”.

Colín Molina también defiende la teoría de que Genaro Salinas decidió irse de México, por sufrir un “bloqueo artístico” de parte de sus colegas, quienes se habrían sentido amenazados por los dotes del tenor. En lo que coinciden sus biógrafos, es que en el primer país donde se presentó, fuera de México, fue Cuba. Ahí, en La Habana, habría conocido a la que fue su segunda esposa: María Elena Tortorelo. A partir de entonces, y avecindado en Buenos Aires, empezaría una especie de segunda carrera artística para Genaro, en la que triunfaría en los escenarios de Sudamérica y se ausentaría casi por completo del panorama artístico de México.

La radio argentina El Mundo le abrió las puertas a Genaro Salinas, quien habría encontrado en Buenos Aires, un nuevo hogar, junto a Tortorelo y los dos hijos que conservaba de su primer matrimonio, con la mexicana María de la Luz Herrera: Genaro y Concepción Salinas. El recorte de un diario porteño que atesora el coleccionista Omar Benavides, muestra una entrevista a Genaro y a sus dos hijos cuando vivían en Buenos Aires, con quien sería su madrastra, Elena, a quien ellos llaman “mamita”. En la nota periodística, además de retratar la rutina de los niños mexicanos en Argentina, se menciona la presencia de Genaro Salinas en Radio Belgrano.

“El Club de los románticos”, de Argentina, en su radio “Tiempo de boleros”, da cuenta de una importante presentación de Salinas en la sala porteña “El tronío”, en la avenida Corrientes. “Su estilo romántico gustó hasta el delirio”, narran los especialistas, quienes de esa forma explican el hecho de que Genaro haya decidido avecindarse en Buenos Aires, tan lejos de su patria, a la que por otro lado, no tardaría demasiado en volver.

Para 1952, el tenor emprendió el regreso a México para grabar más discos, ahora interpretando música de Chile y Paraguay, con temas como “Mis noches sin ti” – “Mi dicha lejana” y “Paso a Paso”. Las grabaciones, realizadas por la RCA Victor, fueron un nuevo éxito para su carrera, lo que le permitió permanecer en su país por algún tiempo, hasta que una vez más, según sus biógrafos, fue objeto de ataques por parte de sus compañeros de generación. La versión más extendida indica que los otros cantantes se negaban a compartir cartel con él, por temor a verse opacados. Sin duda, se trata de una historia que se ha generalizado, quizás en parte por el entusiasmo de sus seguidores actuales. Como haya sido, lo cierto es que cuatro años después de volver a su tierra, el exilio lo esperaba una vez más.

LAS CENIZAS, EN EL AIRE
Cincuenta y dos años han pasado desde el fallecimiento del cantante, y en 2010, se cumplirá medio siglo desde que sus restos reposan reunidos con los de su viuda, Malena. También se cumplirá medio siglo desde que se suspendieron los pagos por los servicios del panteón. Y es que ahí, en la lista en la que se esconde la ubicación de las cenizas de Genaro Salinas, también sale a relucir otro dato: la familia de Salinas y Tortorelo, han perdido todo contacto con la Asociación de Actores Argentina que se encarga de administrar los servicios del panteón. No hay un solo pago registrado en la boleta después de que ingresaron las cenizas de Elena.

La propia encargada de la Secretaría de Acción Social de la Asociación de Actores, se sorprende de encontrar la boleta en blanco. Lo que más le sorprende en realidad, es que después de tanto tiempo sin que sus familiares se reporten a la oficina, las cenizas sigan en el panteón y no hayan sido retiradas. Después, intenta explicar: “Seguramente se mantienen porque todavía no hubo problema de espacio”, y por lógica, advierte que existe una posibilidad latente de que al no ser reclamados por nadie, los restos del matrimonio Salinas Tortorelo, sean desechados.

Pudimos comprobar que en Buenos Aires, en algún lugar cercano a Liniers, radica Concepción, la hija menor del cantante, mexicana de nacimiento, y que es la cabeza de una extensa familia porteña. Gracias a las redes sociales en Internet, surgió el nombre de Erica Oshiro, quien sería una bisnieta argentina del artista. La joven de 24 años, se dijo dispuesta a hablar sobre la carrera de su bisabuelo, e incluso a concertar una cita con su abuela para charlar sobre el legado artístico de Genaro Salinas. Sin embargo, el encuentro nunca se dio. La familia no ha hecho declaraciones sobre el cantante y parecen no estar dispuestos a cambiar esa postura.

¿Qué hay detrás de ese largo silencio? Sólo ellos lo saben, pero algunas pistas aparecen cuando se piensa en el trágico final que tuvo Salinas: murió en Caracas, en medio de lo que parecía el camino descendente de su carrera. La versión oficial de la Seguridad Nacional de Venezuela, es que falleció en un accidente vial. Lo habrían atropellado después de caer desde un puente. Así lo consignó por ejemplo, el diario El Nacional, de Caracas, que en la primera página, desplegó un extensa nota con el título: “Pereció el cantor Genaro Salinas”.

La versión de diferentes periodistas venezolanos que cubrieron el caso, entre ellos Germán Carias, es muy distinta: en plena dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Salinas fue asesinado por un grupo de policías. Lo mataron a golpes y después le pasaron varias veces un auto por encima. Le tiraron dos botellas de ron para hacer creer que estaba borracho. La razón, según los dichos de los reporteros venezolanos, es que se metió, o intentó meterse con la mujer equivocada: la actriz argentina Zoé Ducós, quien estaba casada con Miguel Silvio Sánz, jefe de la División político-social de Venezuela.

A diferencia de El Nacional, otro diario, Panorama, puso más atención en la muerte de Salinas, e insistió con otras versiones distintas a las del accidente de tránsito. La cobertura en ese periódico venezolano se prolongó de manera diaria durante más de una semana. Aunque en varias notas publicadas durante los días posteriores al fallecimiento del cantante, hizo parecer que la hipótesis del accidente resultaba francamente inverosímil, el 9 de mayo de 1957, doce días después de la muerte, Panorama publicó una nota muy discordante con la cobertura que venía haciendo. “El cantante Genaro Salinas murió en forma accidental”, afirmaba categórico en el titular. “Se estableció que cayó del puente porque estaba ebrio”, aseguraba en el sumario y le daba crédito a un testigo, que apareció de pronto cuando en un principio decía que nadie había presenciado lo sucedido.

El tiempo transcurrido desde entonces, y la impunidad con la que actuaban los policías venezolanos de aquel régimen, han hecho a los seguidores del mexicano, perder las esperanzas de que algún día se esclarezcan las causas de su muerte, aunque en el fondo, son muy pocos los que dudan de la versión que incrimina a Miguel Silvio Sanz, como el autor intelectual del asesinato.

Mientras tanto, cincuenta años han pasado sin que sus seguidores puedan ir a rendirle tributo, un privilegio del que sí gozan tantos otros artistas en Argentina y en México.  Y los años siguen pasando. Sus cenizas permanecerán en Chacarita hasta que el espacio sea insuficiente y las autoridades decidan retirarlas de la urna. Al mismo tiempo, el silencio en torno a su muerte se prolonga, pero “la voz de oro” sobrevive en sus canciones.

Señorita Bolivia, la voz femenina del dance hall

“No te vayas a olvidar de esto, que nunca me había pasado eh”, dispara Paz Ferreira con una sonrisa que no deja borrar el asombro. Es que en estos días, por lo visto, no se puede ir a un bar a escuchar reggae sin correr el riesgo de que cualquier tipo se apropie del escenario para hablar de la Ley de Medios y reprender a los músicos por criticar al gobierno. Así fue, y Paz, la creadora del proyecto Miss Bolivia no lo puede creer. Aun varios minutos después de que terminó su recital en Lo de Garone, una antigua parrilla de Vicente López devenida en un bar de reggae, se ríe nerviosa. “Esto no se me va a olvidar”.

Miss Bolivia sonríe sobre el escenario. Paz Ferreyra sonríe debajo de él. Sonríe siempre. Para agradecer, para despedirse, para cantar. Por eso no deja de resultar extraño enterarse de ciertos pasajes de su vida, como cuando la despidieron de aquel restaurante uruguayo en el que trabajaba durante su estadía en Coyoacán, Distrito Federal, por ser malencarada. “Ocho meses viví en México”, cuenta. Y sonríe.

El proyecto de Miss Bolivia es uno de los que le están poniendo voz de mujer al movimiento reggae y dance hall de Buenos Aires. Pero la suya, además de femenina es casi infantil. Un timbre que no desentona con su físico: es diminuta. Toda ella es pequeña, excepto por sus rastas que le llegan hasta la cintura y que durante una de las entrevistas, son el objeto del deseo de un borracho que no deja de acariciarlas mientras ella habla. Ella claro, se incomoda y se sacude al borracho.

-¿Es difícil ser mujer en este ambiente under?- “Es lo mismo que ser un hombre, aunque hay pocas mujeres, cada vez hay más que lo están haciendo, como que la gente quiere que las chicas estén en el micrófono”, responde con seguridad, “hay chicas que hacen cosas distintas y buenas, y eso está bueno, creo que lo que se viene ahora son las cosas femeninas, la tendencia para mí va a ser el dance hall pero con voces femeninas o de niños”.

El recital en Lo de Garone no se le va olvidar a Paz Ferreira por la aparición del espontáneo orador político, pero además porque justo ese día, más temprano, comenzó a grabar su segundo disco, en el que promete una muestra más de lo que ella llama su promiscuidad musical. “Si me gusta transito el camino, o lo exploro aunque sea”, explica. El camino que ha elegido para explorar es la inclusión de instrumentos reales a su música, más allá de las pistas propias del dance hall.

De la mano de su nuevo productor, Juanito el cantor, un músico que se ha involucrado en la fusión del folclore argentino con sonidos digitales, Miss Bolivia ofrecerá un material en el que instrumentos originarios como el bombo legüero y la caja se combinarán con texturas electrónicas para dar paso al dance hall y al reggaetón por el que circula la cantante. “Me doy cuenta de que cada vez que toco con banda es otra cosa, el sound system me encanta como cultura pero también siento un power y una potencia increíble cuando hay tracción a sangre en el escenario porque si no acaba siendo un evento muy solitario”, cuenta como argumentando la presencia de músicos de verdad en su nuevo disco.

Nació en el barrio de Almagro pero la vida la ha llevado a sitios tan lejanos como México; actualmente vive en La Boca, “en pleno gueto”. Alguna vez, de hecho, vivió en la calle Bolivia. ¿De ahí el nombre del proyecto? No necesariamente. Lo de Miss Bolivia es otra prueba de su “promiscuidad”: “Me pareció una mezcla bastante representativa de mis influencias, por un lado la influencia del mainstream, y todo lo que es la corriente del hip-hop y del reguetón, y por otro lado Bolivia, que es toda la influencia pachamámica, todo lo que es roots, el origen, que me representa a mí, es una mezcla de lo trash y el mainstream, ese pastiche me representa”.

Esa búsqueda de la música en la geografía que propone Miss Bolivia, es evidente en sus presentaciones, en las que el paso del reggae a la cumbia y luego al reggaetón se da de una forma tan natural que uno apenas lo percibe. Decir que ciertos artistas pequeños de estatura, lucen grandes sobre el escenario es un lugar común. Parece que a Paz eso no le interesa. No hay alardes de grandeza ni mucho menos. Su voz, pequeña como de niña no la dejaría desentenderse de su imagen. Es una pequeña mujer diciendo cosas grandes. Improvisando a veces.

De lo que tampoco se desentiende Miss Bolivia es del rastafarismo y de lo que significa coquetear con el reggae. Quizás por eso en sus letras aparece de vez en cuando la eterna crítica a Babilonia, pero advierte que hay ciertas cosas en torno a ese movimiento que detesta: “me parece que tiene una corriente super homofóbica, una cuestión remachista por otros lados, eso es algo que a mí no me interesa”. Lo dice en serio.

No sólo no le interesa sino que le molesta de verdad. Tanto, que en su programa radial que transmite todos los jueves por Radio Atómika, dedica un segmento especial para mostrar esa parte negativa del reggae. “Armo bloques de música donde se vea eso y los mato, porque es algo que no está bueno que vaya de la mano de una religión o de una filosofía”, se explica, “qué sé yo, igual podría elegirla entre una de las más inteligentes y sensibles formas de vivir, pero nunca de forma radical ni fundamentalista, si no es plural no me interesa”. Lo dice con el cabello cubierto por una gorra jamaiquina y el cuello envuelto en una de esas kefias palestinas.

“Tengo diferentes caminos que tomo, en general todos apuntan a generar conciencia y a una vuelta atrás pero es como un deshacer, una desintoxicación cultural y volver a la raíz, back to the roots, pero para de ahí falsear a algo nuevo con otra cabeza, deshacer el camino, proponer la mala educación, la educación de los sentidos, de la intuición”, cuenta Paz para explicar la temática de sus letras, “y después tengo historias de la vida cotidiana, un consejo a una amiga, un consejo de desamor y tristeza, una canción de la pista, una canción cachonda, ahora estoy haciendo un reggaetón lésbico”.

En los días que corren, el tiempo escasea para Paz. Además de la grabación de su disco, no hay a partir de ahora y hasta diciembre, un fin de semana en el que Miss Bolivia deje de presentarse en algún sitio de Buenos Aires o en otra provincia argentina. Quizás tenga razón: “lo que se viene ahora son las cosas femeninas”.

 

 

Algo sobre los ranqueles

La Pampa: los últimos hablantes de la lengua ranquel y la lucha para mantener viva su cultura

Por Miguel Domínguez y Felipe Quiroga

 Victorica es un pueblo donde la mayoría de las calles son de tierra. Allí, la gente duerme rigurosa siesta y saluda a los desconocidos. Es la población más antigua de La Pampa y turísticamente se promociona como la “capital ranquelina”, ya que fue el principal asentamiento de esta comunidad aborigen hasta la llegada de las campañas militares que tenían el objetivo de conquistar la zona y desplazar a los indígenas. En Victorica, ubicada a 151 kilómetros de Santa Rosa, a 737 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, la historia puede leerse en sus monumentos. Una historia de contradicciones: en la plaza principal aún hay un monumento –una especie de pirámide- con placas conmemorativas por la Campaña del Desierto. Otro ejemplo: la ciudad, fundada en 1882, debe su nombre al abogado y militar Benjamín Victorica, quien en esa época era Ministro de Guerra de la Nación. Mientras que según el censo de 2001, en Victorica viven 6 mil habitantes: de ellos, se estima que el 70% son descendientes de la población ranquel que habitó la zona y cuya cultura lucha para no desaparecer.

Su lengua apenas persiste en un puñado de hablantes y algunos de ellos tratan de enseñarlo a las nuevas generaciones como una manera de rescatarlo. A pesar de algunos avances, los resentimientos históricos (aún perceptibles de manera sutil) entre “indios” y “blancos”, las miradas de recelo hacia lingüistas y antropólogos que quieren investigar su cultura, la falta de continuidad de los cursos y las dificultades para capacitar nuevos docentes son algunos de los obstáculos de una batalla que por momentos parece inevitablemente perdida para los ranqueles. Pero a pesar de todo, parecen dispuestos a darla.

Una escuela en el desierto

Miércoles a la mañana. Luis Dentoni, el lonko (cacique) de la comunidad ranquel de Victorica se sube a su auto. Pasa a buscar al docente Ronal Van Meegroot y a Sabina Denicia Cabral, otra descendiente ranquel. Viajan durante 40 minutos, rumbo al oeste, atravesando el árido paisaje de La Pampa, que poco a poco, mientras más se acercan a su destino, se vuelve más inhóspito: la vegetación desaparece casi por completo, el polvo vuela en todas direcciones y el sol cae implacable sobre la carretera. Ocasionalmente se puede ver un avestruz o un zorro cruzando la ruta. “Si vivís en La Pampa tenés que armarte de paciencia y te tiene que gustar viajar. Nada queda al toque”, dice Ronal.

El auto dobla y entra a un camino de tierra suelta: son cinco kilómetros sobre el fino polvo, hasta que aparecen dos construcciones en medio de la nada. El primer edificio es un destacamento policial, el otro es la escuela de La Pastoril, donde maestros y alumnos conviven las 24 horas: son siete docentes y seis miembros del personal de servicio. Los 40 chicos, de entre 6 y 14 años, provienen de ciudades y pueblos cercanos.

En la escuela albergue, además de las materias tradicionales, los alumnos aprenden vocabulario del idioma ranquel, un curso que dictan Luis y Ronal, actualmente reemplazantes de Nazareno Serraino y Daniel Cabral, los titulares. Sabina, mientras tanto, se encarga de enseñar tejido con telar, de la misma forma en que lo hacían sus antepasados. Todo es parte del proyecto “El valor de mi identidad”, que nació hace 20 años como una forma de mantener viva una cultura y de combatir la discriminación que había hacia los indios. “En ese entonces había niños ranqueles, así que, después de una investigación, la directora anterior impulsó la enseñanza de costumbres de esa comunidad, de su lengua, de su historia, de la utilización que hacían de las hierbas, de sus juegos y de sus artesanías”, cuenta la directora actual, Noemí Gioyosa. Hoy, en la escuela ya no hay descendientes directos de ranqueles, sólo algunos parientes en tercera o cuarta generación. “Se superó la discriminación y se dio una revalorización de la identidad ranquel”, comenta.

Teresita Zapata es maestra de quinto y sexto grado, pero en la escuela, en donde enseña desde 1987, todos le dicen Tere. “El proyecto se hizo porque en 1988, cuando se inició, el 50 por ciento de los chicos tenían ascendencia ranquel”, precisa, y cuenta que luego de algunas idas y vueltas, este es el cuarto año consecutivo en que se dicta el curso de vocabulario. “Es algo que hay que enseñarles a los chicos porque estamos pisando tierra ranquel”, agrega Tere. Sin embargo, la tarea es difícil. “Una vez que pasan a la secundaria y se van de la escuela dejan de aprender el vocabulario. No hay continuidad”, se lamenta la docente.

Marí, marí”

Afuera, los chicos juegan. Suena la campana y se termina el recreo. Se forman, entran al aula y saludan: “Marí, marí”, dicen a coro. Por la ventana se ve un árbol, un alambrado y la desértica inmensidad pampeana. Ronal escribe en el pizarrón la fecha: “Miércoles 14 de octubre. Año 2009”. Entre todos la traducen al idioma ranquel: “Meli aytu mari meli mari kuien tripantu epu uaranka aillu”. Los chicos participan con interés, se divierten, y como en todas las escuelas, hacen bromas. Después llega el turno de repasar la manera de nombrar a los animales. Como hablante, Luis Dentino se encarga de corregir la pronunciación.

A pesar de que la directora ya aclaró que en la matrícula no hay más descendientes directos de ranqueles, cuando a los chicos se les pregunta quién tiene pasado indígena, prácticamente todos levantan la mano con un entusiasmo infantil que bien podría entenderse como orgullo. Quizás por eso, al principio de este ciclo académico, cada uno de los chicos escogió su propio nombre ranquel. Luciano, por ejemplo, eligió llamarse Iomau Kawellu, que significa “Caballo Veloz”. Walter pasó a ser Auka Kawellu, que quiere decir “Caballo Salvaje”. Camila es Kidu Pal, cuya traducción es “Estrella Solitaria”.

No hay manera de intentar enseñar la lengua ranquel, sin procurar un acercamiento con esa cultura. Y el encargado de mostrar a los chicos diversos aspectos de su pasado, es Luis, quien por ejemplo exhibe la bandera ranquel y explica su significado, antes desconocido para la mayoría de los alumnos. En la insignia hay un hombre con la vincha característica de los ranqueles y los brazos bien abiertos “porque quiere abrazar el universo”. Aparece el sol, símbolo fundamental la cosmogonía de ese pueblo. También hay una cruz hecha con patas de avestruz, uno de los animales con los que se alimentaban. Además, hay referencias a los cuatro vientos (el cuatro es un número sagrado para los ranqueles). Los colores también tienen su sentido: el negro por el “luto” y el “oscuro pasado” de la época en que fueron eliminados a causa de las campañas militares; el rojo hace referencia a la sangre derramada; el azul es por el cielo y el verde por los campos. La clase finaliza con todos los chicos copiando en sus carpetas el diseño de la bandera, que resultó elegida en un certamen entre las comunidades ranqueles de La Pampa en 1999.

 

Las dificultades para aprender

Ronal es santafesino y vive hace 11 años en Victorica. Fue maestro de carpintería en escuelas técnicas en Santa Fe. Su amistad con Luis lo llevó a enseñar el idioma ranquel y a aportar su capacidad de docente para apoyar al hablante. “Cuando surge la posibilidad de dictar la lengua, Luis me convocó. La Pastoril es el único lugar fijo de La Pampa en donde se dicta el curso. En otros lugares nos solicitan para que vayamos. También le enseñamos a gente grande. Por ejemplo, ahora los lunes estamos yendo a General Acha a dar clases a adultos y la mayoría tienen más de 50 años”, dice Ronal, quien aclara que el aprendizaje de la lengua ranquel no resulta sencillo por las diferencias con la pronunciación del castellano. “Es difícil acostumbrarse a la fonética. Se habla con la lengua pegada al paladar y casi sin respiración”, opina.

Si bien el proyecto “El valor de mi identidad” hace hincapié en la importancia de rescatar la lengua, quienes lo llevan a cabo –concientes de la complejidad de la tarea- también le dan prioridad a otros aspectos de la cultura ranquel. Ronal, por ejemplo, explica que además del vocabulario, lo importante es “hacerles conocer a los chicos que hubo otra cultura y otra historia”, sobre todo por el hecho de estar en “el foco de la patria ranquelina”. “Además de la escritura y la forma de hablar son muy importantes las anécdotas que sabe y cuenta el lonko, porque la historia ranquelina nunca fue escrita”, añade. Según dice, de a poco se está tomando conciencia con respecto al valor de la identidad aborigen: “Se está queriendo avanzar en ese sentido. Por ejemplo en la Fiesta de la Ganadería que se hace en Victorica, el lonko desfila con la bandera ranquel. Además, recién ahora se está entendiendo lo que significó el genocidio del 12 de octubre”, expresa, y agrega: “La Historia argentina es apasionante. Tiene tantos matices y también muchas mentiras, como decir que se hacía Patria con la Conquista del Desierto”.

El bisnieto del cacique

“Yo era un indio de mierda”, recuerda Luis Dentoni, quien junto con otro puñado de interesados, es uno de los protagonistas de esta lucha ranquel por rescatar su lengua. Lo dice, porque no olvida que hace algunos años, él, junto a los descendientes directos de los indígenas, eran víctimas de discriminación en todas partes. “Éramos discriminados por los compañeros, por los mismos profesores, el indio era lo peor, el indio era el ladrón, el atorrante”, relata.

El sitio donde está emplazada la escuela, en los campos de una zona conocida como La Pastoril, es de hecho, un ejemplo más de lo que reitera una y otra vez el lonko: para donde se mire, no hay sino desierto. Es un terreno hostil donde no se puede sembrar nada y el clima castiga lo mismo con el frío que con el calor. Hasta ese sitio fueron arrastrados los ranqueles luego de la llamada Conquista del Desierto. La mayoría de ellos se terminó asentando en una reserva que creó la autoridad: la colonia Emilio Mitre que está ubicada a escasos kilómetros de la escuela. “Obviamente los trajeron acá directamente para que se murieran, pensaron que no iban a sobrevivir”, explica Luis. Pero sobrevivieron, y hoy, aun con todo en contra, parecen más dispuestos que nunca a rescatar su cultura.

Luis se presenta como el lonko de Victorica porque es, según afirma, bisnieto del cacique Yancamil, el último de los ranqueles que tuvo que enfrentarse al ejercito nacional en la llamada Batalla de Cochicó. Yancamil tuvo a su cargo sesenta konas, como se denominaba a los indios en una batalla decisiva. Una más de las particularidades de Victorica: a unos cuantos metros del monumento levantado a los héroes que “extendieron nuestras fronteras civilizadoras”, como dice en una de las placas explicativas, está enterrado el cacique Yancamil. Sobre la urna que contiene sus restos, se levantó otro monumento, significativamente más pequeño.

El último cacique ranquel, según cuenta su bisnieto, murió en 1931 cuando tenía más de cien años de edad. Ocho años antes, se había levantado el monumento a los “héroes” y él, como habitante de Victorica, fue testigo presencial de su inauguración. La historia, que hoy cuenta Luis, indica que Yancamil no pudo quedarse callado esa mañana y cuando un militar leía algún discurso sobre la Batalla de Cochicó, le gritó llamándolo mentiroso. “Hay testigos”, argumenta orgulloso el bisnieto, conciente de que la historia más bien parece sacada de una película. Al cacique se lo llevaron preso, y mientras lo conducían a la prisión, siguió vociferando insultos contra los militares pero ahora en lengua ranquel. Un buen día, a Luis lo asaltó la duda. Quería saber qué decía su bisabuelo y la respuesta se la dieron otros familiares que presenciaron el hecho: exigía un monumento igual, con los mismos honores, para los konas que habían perdido la vida en la batalla.

Su petición no fue cumplida hasta más de setenta años después, cuando Luis, el actual lonko de la comunidad ranquel, se dio a la tarea de rendirle un homenaje a su bisabuelo. Con la ayuda del gobierno de la provincia y la anuencia de los descendientes de ranqueles, trajeron los restos de Yancamil desde el panteón hasta la plaza principal de Victorica, donde actualmente se levanta su monumento –una placa de mármol negro, con la escultura de un par de zorros- corona uno de los costados, el que está frente al Palacio Municipal.

Un proyecto de apoyo  

No existen estadísticas sobre la cantidad real de hablantes de la lengua ranquel, pero se calcula, según los miembros de la comunidad, que podrían contarse con la palma de la mano, e incluso en ese caso, debería hacerse una distinción entre aquellos que conocen el vocabulario de su lengua, es decir, que saben cómo traducir las palabras, y aquellos que son capaces de entablar conversaciones en ranquel. En ese caso, el conteo se vuelve aun más crítico y el panorama para esa lengua, más desesperanzador: mientras no haya un uso natural del idioma, parece difícil que las nuevas generaciones puedan aprenderlo y utilizarlo en la vida diaria. De hecho, algunos textos académicos hablan de la lengua ranquel como una lengua extinta.

En ese contexto, entra a la escena otro protagonista importante: la Universidad Nacional de La Pampa, que ha intentado desde hace más de una década vincularse con las personas que trabajan en pos del rescate de la lengua ranquel. Hoy, trece años después, el Instituto de Lingüistica de la Universidad está por echar a andar un proyecto que fortalecería los talleres que ya se imparten en la provincia de La Pampa, sobre todo, dotándolos de mayores herramientas pedagógicas, hasta ahora casi inexistentes en los programas académicos que siguen los docentes de ranquel. Además de asesorar a los docentes ranquelinos en la metodología, también se les ayudará a la elaboración de los materiales que puedan servir de apoyo para sus clases, una asignatura que ha quedado pendiente a lo largo de los talleres y que termina por desanimar a buena parte de los alumnos. El principal problema, según el documento que presenta la universidad para sustentar su proyecto, es que los profesores del taller “han trabajado en soledad todos estos años, ya que en la provincia de La Pampa prácticamente no se han desarrollado instancias de reflexión acerca de la Educación Intercultural Bilingüe”. Si bien se apunta a trabajar en primera instancia con los profesores que ya están trabajando en los talleres, no se descarta la capacitación de más docentes.

 El proyecto que impulsa la Universidad Nacional de La Pampa parte de la posibilidad de que aún hay posibilidad de rescatar la lengua, aunque el documento reconoce que en la década de los ochenta la cultura ranquelina entró en una etapa de desgaste que prácticamente la llevó a la desparición, lo cual se debe entre otras cosas a la obligación de los chicos de asistir a la escuela para aprender el castellano; a la discriminación que los obligó paulatinamente a renunciar a sus tradiciones y costumbres; y al fenómeno de la migración que afectó a la zona. La pertinencia del proyecto, concluyen sus creadores, radica en que la Argentina y el resto de América Latina se han sumado poco a poco al reconocimiento del derecho que tienen todos los pueblos indígenas del mundo a la educación intercultural bilingüe. Así, poco a poco, se empiezan a multiplicar los esfuerzos por rescatar la cultura y la lengua ranquel, lo cual ya comienza a evidenciarse incluso en las calles de Victorica donde algunos de sus habitantes se muestran orgullosos de su origen indígena.

 Aunque los descendientes de ranquelinos lo nieguen y aseguren que su idioma goza de buena salud, el futuro de la lengua sigue siendo incierto. Parece que no les gusta mostrar flaqueza. Su batalla continúa.

Diego Felix, el cocinero latinoamericano

Diego Felix, el cocinero latinoamericano

Foto tomada de www.diegofelix.com

 

 De pronto detiene el ritmo de la conversación. Guarda silencio y pierde la mirada en un rincón de su jardín. La pierde sólo para encontrar un colibrí que vuela frenético sobre unas flores muy pequeñas que contrastan con el verde predominante en el huerto que tiene atrás de su casa. Diego Felix obtiene de aquí muchas de las hierbas que utiliza para cocinar. El argentino, que tiene treinta y tres años, y cuyo trabajo ha aparecido en diarios como el New York Times y el Washington Post, se define simplemente como un “cocinero latinoamericano”. O al menos eso dice su tarjeta de presentación.

La interrupción del colibrí es momentánea, pero dura lo suficiente para que Diego deje un tema y vaya a otro. Así es él. Está siempre en movimiento, físico y mental. Dice que le cuesta trabajo permanecer estático, quizás por eso, en estos momentos en que su proyecto Casa Felix está consolidado como el más representativo de los restaurantes privados de Buenos Aires, ya está pensando en el paso que sigue. Y tiene muchas ofertas: hacer un programa de televisión, un libro, asesorar gastronómicamente a hoteles boutique, realizar recorridos gastronómicos. Como si no fuera suficiente con ofrecer su comida en Argentina y viajar una vez por año –por lo menos- a Norteamérica para pasar meses cocinando, ofreciendo su comida latinoamericana a exclusivos y reducidos grupos de personas.

 Casa Felix está en el barrio de Chacarita, tan cerca y tan lejos del glamour gastronómico de Palermo. Ahí vive Diego junto a su pareja, Sanra Ritten, una fotoperiodista de San Diego, California, con quien se ha embarcado en un viaje periodístico y culinario. Los fines de semana, su casa se convierte en un restaurante que abre sus puertas para no más de quince personas que pagan algo así como 30 dólares por una cena de cinco pasos. “No será la mejor cena de sus vidas, pero sí la más inolvidable”, suele decir el cocinero.

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 Diego nació en Ciudad Evita, muy cerca del aeropuerto de Ezeiza. Su madre es una farmacéutica que se obsesionó con las complejidades de la nutrición, y por ello convirtió a toda la familia al vegetarianismo. Cuando tenía cinco años, era el único niño que llevaba arroz para comer en la escuela. Sólo arroz. “Eso fue en los ochenta, así que era bastante loco”, recuerda el cocinero con nostalgia, y con un dejo de insatisfacción por admitir que en su infancia se privó de conocer muchos sabores. Lo que le ofrecía su madre era solamente lo necesario para nutrirse. El placer por la comida no era un concepto que interesara en la familia Felix.

 Crecer en una familia vegetariana de clase media definió en buena medida el camino que seguiría el futuro cocinero, y que irremediablemente apuntaba hacia el norte, muy al norte. Luego de una adolescencia en la que se interesó por el teatro y que incluyó mucho tiempo dedicado a las clases de actuación, Diego decidió abandonar la casa familiar para emprender un largo viaje que duró ocho meses y que tuvo su destino final en la Ciudad de México, a donde llegó decidido a enfrentarse con una de las capitales más grandes del mundo.

 La manera de enfrentarse era con la actuación. Diego confiaba en que su experiencia le ayudaría para obtener trabajo como extra o como actor en comerciales, una pretensión que de hecho se cumplió pero que dejó insatisfecho al joven bonaerense que ahora era uno más en la lista de argentinos que por aquellos años, antes del 2000, buscaban abrirse paso en el mundo de la televisión mexicana. Lo que no le gustó era que aparecer en comerciales no le exigía el más mínimo esfuerzo creativo. No era para eso para lo que había estudiado. Cuando dejó de buscarse la vida en la publicidad, se dedicó a atender mesas en un restaurante del D.F. Dos años pasó así, hasta que decidió volver al sur. “Para cagarme de hambre, prefería cagarme de hambre en mi casa”.

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 Diego Felix no aparenta los treinta y tres años que tiene. Parece mucho más joven y por ello, escucharlo hablar de su historia y de lo que ha conseguido en el último lustro, resulta aún más sorprendente. La secuencia es así: un día hace seis años, decidió que quería cocinar y aprendió a hacerlo. Hoy, los medios especializados del todo el mundo –no tanto los argentinos- están atentos a su labor gastronómica. A los especialistas les llama la atención su propuesta “pescatariana” (en la que sólo se consumen vegetales y pescado) que hurga en lo más profundo de las raíces latinoamericanas y que ofrece los platillos más impensados. En Casa Felix se puede probar por ejemplo, un salmón marinado en chimichurri sobre un mole mexicano, un locro de bixá y tamarindo, con mero adobado en pipián de cilantro y maní. La combinación imposible se materializa en sus platos.

 Recién llegado del barrio chino, donde compra algunos de los ingredientes que utiliza en su cocina, Felix reflexiona sobre el caos que le gusta experimentar. Está a gusto con él. En pocas horas llegarán los asistentes a una de sus cenas, y recién comenzó a pensar en lo que servirá. Además, tiene espacio para una larga entrevista en la que el tiempo no es problema. “En el caos yo puedo crear, me siento mucho más cómodo”, explica mientras de una mochila de viaje saca diferentes tipos de queso, cereales, huevos.

 La propuesta gastronómica de Diego Felix está íntimamente relacionada con la música mestiza. La comparación es de él: “Parte de lo que miramos para ver lo que queremos hacer, es Manú Chao”, cuenta con entusiasmo. En su casa, además, se escucha con insistencia a Calle 13, música mexicana, cubana. Latinoamérica en toda su expresión. Y es que él se define a sí mismo como un latinoamericanista. “Tengo un pensamiento un poquito idílico bolivariano, que es lo que expreso en mi comida”, lanza mientras sonríe. Un Evo Morelos multicolor también sonríe desde un poster que corona la cocina de Casa Felix.

 Ese caos al que recurre Diego es en realidad un caos creativo. La creatividad es, según sus palabras, lo que lo llevó a la cocina cuando tenía 23 años. Detras de él no está la historia del chico enamorado de la cocina que siempre soñó con poner su propio restaurante. Incluso hay una suerte de desapego en las palabras de Felix cuando comienza a hablar de su propuesta culinaria.

 Se explica: “Para mí lo más importante es la creatividad, no fue le actuación, fue la cocina, pero en otro momento me encantaría hacer carpintería, es muy loco lo que hacemos, encontré la cocina pero la pasión es por la creación”.

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 Sanra Ritten es “algo así como la manager” de Casa Felix. Compone junto a Diego una pareja viajera que ha hecho del camino su razón para seguir. Fotoperiodista de profesión, ha encontrado en la comida un tema de investigación que la llevó a publicar artículos al respecto en diferentes revistas especializadas. Los fines de semana, sin embargo, toda su pasión está puesta –igual que la de su novio- en servir los platos y sobre todo, en explicarlos a sus clientes.

 A la joven nacida en California evidentemente le gusta lo que cocina Diego. “Me encanta la creatividad”, cuenta unos minutos después de despedir a una persona que se encargará de instalar un techo verde, un techo de plantas en el patio de Casa Felix. “Me gusta mucho que intenta usar productos que normalmente no se usan así”. Quizás en eso radica la notoriedad que ha adquirido su cocina. Pero sabe, como lo sabe Diego, que eso también se debe a su falta de preparación académica. “Siempre está bueno tener técnica y estudiar mucho”, explica.

 El equipo que hacen Diego y Sanrra parece funcionar de maravilla. La relación laboral parece bien aceitada: mientras uno sirve, el otro explica; mientras uno explica, el otro sirve y corre hacia la cocina por más agua o por otra copa de vino. “Por suerte creo que hacemos un muy buen equipo, ahora tenemos casi tres años haciendo esto, lo difícil era encontrar el rol de cada uno porque no creo que trabajar en pareja sea para todos, pero creo que también es mucho de nuestra relación, somos pareja en la vida, tenemos muchos proyectos unidos”.

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 Los ocho meses que tardó Diego en llegar al Distrito Federal, desde luego tuvieron muchas paradas. La que más recuerda, porque según él, de alguna forma sintetiza el significado de ese largo viaje, es la que realizó en la Amazonia brasileña. Como la mayoría de los jóvenes latinoamericanos de la época, ya había leído la obra de Carlos Castaneda. Influenciado por las enseñanzas de Don Juan, la selva para él era la oportunidad ideal para probar cualquier especie de planta alucinógena. Lo hizo y la aventura se tornó peligrosa. “Fue una experiencia –ahora lo pienso, a esta edad- muy estúpida porque podría haber muerto, pero es una de las cosas que hacía un chico de clase media, semi burguesa. Esa fue una revelación, si no te cuidás vos, no te cuida nadie”.

 “Eso también me soltó el lastre de mucha historia familiar, que no es terrible, mi familia es buenísima, pero por lo menos, yo quería hacer mi propia historia”, cuenta. Y su propia historia lo llevó a México. El chico que nunca había experimentado la sensación de vivir –por ejemplo, en la capital argentina- de pronto estaba por su cuenta en el D.F.

 Durante su estancia ahí, habitó el barrio de La Condesa, algo así como el Palermo mexicano. Era en ese entonces y sigue siendo ahora, uno de los lugares más fashion y costosos de la capital. Ahí, Diego llevaba una vida de rico, “fresa”, dicen en México, “cheto” en Argentina. Era, claro, una simulación. Diego vivía como invitado en la casa de un amigo argentino que trabajaba como modelo, iba a las fiestas más exclusivas y se codeaba con las clases sociales más altas, pero no tenía un peso para salir a la calle. “Era increíble”, resume con una carcajada que todavía no puede contener.

 Pero lo más importante que trajo de México, y de los otros sitios que visitó en el continente, fue una maleta llena de sabores que pudo descifrar, coleccionar y que hoy revive para incluir uno por uno en su comida. Así pues, en el barrio de Chacarita, uno puede acceder a los aromas de Perú, de Bolivia, a los gustos de Colombia, de Brasil. Luego de ese viaje, la suerte de Diego quedó signada por la abundante diversidad latinoamericana. Hoy, su cocina se reconoce en todo el mundo mientras él piensa en el próximo paso que dará. En realidad, decir “piensa” tal vez sea una exageración. Diego, el caótico, seguramente espera una nueva pulsación para emprender el siguiente viaje.

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 Casa Felix algún día va a cumplir su ciclo, anuncia su creador con una seriedad que asusta. “No podés vivir toda tu vida teniendo cenas en tu casa con hijos, hace seis años que estamos juntos, nos casamos este fin de año y estamos pensando formar una familia”, cuenta –como si hiciera falta- para explicar sus razones. Sanra por ejemplo, ya está aburrida y apenas hace dos semanas retomaron la rutina después de su gira por Estados Unidos. Son inquietos por naturaleza. Viajeros.

 Y es que hay algo en común entre los clientes de Casa Felix que excede las nacionalidades y las edades. Se trata de gente en permanente viaje. Aunque reconoce que su público está compuesto mayoritariamente por extranjeros (“Los porteños te llaman a las 9:40 para preguntarte a qué hora es la cena de las 9:30”), Felix hila más fino y explica que su comida es precisamente para nómadas. “Porque nosotros lo somos”.

 “Para los locales es más difícil porque es un riesgo venir a comer a la casa de alguien, que no sabés lo que vas a comer, y segundo es latinoamericano pero no tiene ningún plato latinoamericano conocido; y la clase que puede tener el dinero para venir a comer, la clase media es una clase media conservadora, no hay una clase alta, alguien que pueda venir a pagar cien pesos por comer en la casa de un loco que tiene chuchos en su patio”.

 Diego habla de un club, “una vibra”.

 Quién sabe si los que escriben en el portal de Internet Guía Oleo serán viajeros pero ahí se pueden leer descripciones del restaurante tan entusiastas como esta: “Una experiencia gastronómica única en Buenos Aires: auténtica fusión… La comida fue absolutamente deliciosa… un descubrimiento de nuevos sabores”.

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 Pasa una hora después de la medianoche y Diego está en su estudio, todavía hay gente cenando en el living pero él está concentrado en otra cosa. Junto a Sanra, mira fijamente el monitor gigantesco de una mac. Están viendo en youtube un documental sobre los daños que genera para la ecología y para la salud humana, la minería a cielo abierto. Pone cara de espanto cada vez que aparece la imagen de algún ecosistema dañado.

 Y eso que el vegetarianismo lo dejó hace mucho. Hoy disfruta de una buena milanesa napolitana o de unas mollejas, aunque una especie de compromiso social lo obliga a cocinar sólo aquello que sea saludable. Su comida es pescatariana, pero más allá de eso, se niega a cocinar algo que sea nocivo para el cuerpo, por más rico que sea. (Cuando lo dice, piensa por ejemplo en un “delicioso cerdo con manteca al horno”).

 De pronto, aun sin que termine el video, vuelve el caos. Alguien pide la cuenta y Sanra se levanta de su asiento como disparada por un resorte. Él también se vuelve hacia otro sitio para buscar algo. Diego va de la calma al caos en un segundo. Pero incluso viviendo así, siempre hay tiempo para detenerse a sembrar huacatay o a escuchar el aleteo de un colibrí.

El obelisco tampiqueño

Plaza de la Libertad

En 1829, Tampico fue escenario del último intento español por hacerse del territorio mexicano. Después de varias batallas, finalmente el ejercito monárquico, comandado por Isidro Barradas, se rindió y de esa manera se consolidó lo que ahora llaman la “La Victoria de Tampico”. 

La historia es muy poco conocida a nivel nacional. Los libros de texto apenas la consignan como “la rendición de Barradas” y quizás sólo algo así como el .001% de los mexicanos podrían identificar la fecha en el calendario. Motivados por esa suerte de oscuridad que rodea a la Victoria de Tampico, un grupo de ciudadanos (Rescate Histórico de México) apasionados de la historia, se han dado a la tarea de difundirla desde hace casi cinco años y lo que han conseguido no ha sido poco: crearon un museo, lograron que el Congreso estatal le otorgara la categoría de heroica a la ciudad de Tampico y colocaron un monumento “al soldado mexicano de 1829” en la Plaza de la Libertad, donde se habría librado alguna de las batallas entre españoles y mexicanos.

 Según la columna “Hablemos de negocios”, publicada por Tomás Briones en el Sol de Tampico en la edición del 31 de agosto, Rescate Histórico de México pretende convertir la Plaza de la Libertad en “una imponente explanada coronada por un obelisco conmemorando la Batalla de Tampico”. La columna de Briones, claro está, no es de historia sino de negocios; quizás por ello comenta que el nuevo obelisco se convertiría en un “atractivo para el turismo que cada vez en mayor número llega a la zona y a nuestra ciudad en particular”.

 El debate sobre la legitimidad de la restauración del Centro Histórico parece eterno. Lo que no se puede negar es que buena parte de los edificios que rodean a la Plaza de la Libertad son bellísimas postales, pero que poco o nada tienen que ver con un centro vivo e histórico. Son escenografía.

 Por eso precisamente, cuesta trabajo entender la propuesta de Rescate Histórico de México. Sin duda, habría que conocerla a fondo para saber si se vale cambiar tan radicalmente la fisonomía del primer cuadro de la ciudad. De entrada, parece una manera curiosa, muy curiosa, de resaltar la historia de Tampico.

Las cruces gamadas de Tampico

Smbiosis

Crédito: Smbiosis

 

La Catedral de Tampico tiene su encanto. Lejos está de las dimensiones monumentales y del virtuosismo artístico de los templos ubicados en el centro del país, pero tiene algunas particularidades que la hacen especial.

 Una de esas, la más conocida, está en el piso del pasillo principal: decenas de cruces gamadas adornan los mosaicos lo que la convierte para muchas publicaciones anti católicas en la Iglesia pro-nazi de México.

 El periódico Milenio Diario de Tampico revive la polémica en su edición dominical. Las fuentes del reportaje (el Vicario de la Diócesis  y un investigador) dan su veredicto y tratan de sepultar cualquier duda sobre el presunto apoyo de la comunidad católica tampiqueña al nazismo. Nunca hubo tal, quieren decir, pero sus argumentos no alcanzan a llenar todas las dudas y dejan algunos huecos tan obvios que sorprende que sean pasados por alto.

 El sacerdote Elías Gómez alude, según la nota publicada por Joaquín López, a la historia de la Catedral. Explica que la construcción del templo comenzó antes del siglo XX y que finalmente se concluyó en la década de 1920. Con ello trata de decir que las fechas no coinciden y que el uso de la cruz gamada en el piso de la iglesia no tendría ninguna relación con la utilización que hizo de ella el nazismo.

 “La cuestión de Hitler fue alrededor del año 1938 y fue él quien tomó esa cruz como un símbolo, pero las cruces de la Catedral ya existían”, opina Gómez. Y es que el origen del símbolo de la cruz gamada, como ya se ha explicado hasta el cansancio, se da mucho tiempo antes de que los nazis la adoptaran como su estandarte.

 Ahora bien, y aquí empiezan los huecos, la descripción cronológica del sacerdote no es del todo exacta. Es cierto que la Catedral de Tampico comenzó a ser construida prácticamente en la mitad del siglo XIX. Después de una larga historia de avances y fracasos, el templo finalmente fue consagrado en 1931. Apenas una década antes, buena parte del templo había sido derrumbado por un rayo, por lo que los representantes más adinerados de la sociedad tampiqueña patrocinaron su remodelación. Lo que dice la historia, es que todo el interior fue reconstruido.

 Lo que es inexacto en el relato del sacerdote es lo que él llama “la cuestión de Hitler”. El Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, dirigido por Hitler, nace en 1921. Desde esa década, el nazismo ya había adoptado la esvástica como su símbolo, aunque los movimientos nacionalistas alemanes que proclamaban la superioridad de la “raza aria” ya utilizaban la cruz gamada por lo menos desde diez años antes.

 

Crédito: Smbiosis

Crédito: Smbiosis

 

 Claro está que así, guiados únicamente por la luz de las fechas, es imposible determinar si la colocación de estas cruces en la Catedral de Tampico fue una muestra de apoyo al movimiento nazi, que vivía su apogeo en Europa mientras aquí se reconstruía el templo, con el apoyo de la alta sociedad tampiqueña integrada en buena medida por extranjeros. Pero ojo, tampoco es posible descartarlo con tanta facilidad.

 La otra fuente consultada por Milenio Diario de Tampico es el historiador José Antonio Cruz, miembro del Consejo de la Crónica de Tampico. En la nota, el investigador se concentra en explicar la historia de la cruz gamada y cita su origen en la tradición hindú, que relaciona el símbolo con buenos augurios y bienestar.

 Habla además de su presencia en algunos templos cristianos donde se utilizaba para disimular la cruz tradicional y escapar de las persecuciones religiosas. Sin embargo, no cita ningún ejemplo en concreto, mientras que el propio sacerdote Elías Gómez reconoce en su entrevista que la de Tampico puede ser “la única iglesia en México y en el mundo que tiene estas Cruces Gamadas en el piso”.

 Gracias al reportaje publicado por Milenio Diario de Tampico queda claro que historiadores y periodistas tienen mucho trabajo por hacer,  pues surgen varias interrogantes:

¿En qué fecha exacta se colocó el piso que adorna actualmente el pasillo principal de la Catedral?

 Si el símbolo es tan antiguo y tan popular ¿habrá más iglesias católicas en el mundo que muestren estas cruces? Si no ¿por qué sólo la de Tampicio?

 Atendiendo la primera explicación del historiador José Antonio Cruz ¿qué hace un símbolo hindú tan antiguo en una iglesia católica apenas centenaria?

 Más allá de que las fechas parecen decir algo y logran, por lo menos, sembrar la duda, de todo esto también surge una certeza. En dos ocasiones la Diócesis de Tampico ha tenido la oportunidad de remover los mosaicos. Una en 1990 durante su anterior remodelación y la otra actualmente, pues el propio Elías Gómez reconoce que ante el mal estado del piso, tienen el permiso del Instituto Nacional de Antropología e Historia para eliminarlo, “pero se decidió conservarlo”.

 Y es que nadie puede negar que hoy la cruz gamada tiene una sola connotación. La atrocidad histórica del nazismo ha acaparado su significado y no hay manera de observarla sin inmutarse o recordar inevitablemente el Holocausto. El mismo sacerdote cuenta que más de una vez, algunos visitantes judíos han pedido que se cubra con una alfombra todo el pasillo central “para no ver esas cruces porque piensan en Adolfo Hitler”.

 La investigación histórica sobre los verdaderos motivos que llevaron a la colocación de ese mosaico en la Catedral de Tampico, se la pelearán los historiadores y los periodistas de la zona. Pero lo que ya no se debería callar es la otra pregunta: ¿Por qué conservar en el templo ese símbolo, recordatorio implacable de la miseria humana?

Tepetzintla, la tierra del colibrí

tepetzintla 1  Crédito: Asociación Civil Huitzizilin

Tepetzintla es un poblado

que tiene bosques y flores

también se toca el huapango

con sus versitos de amores

Y hay muchachas como mangos

de ojitos encantadores

(versería para el son El Tepetzintleco)


Los grandes honores en los campos de batalla que pisaban los mexicas, eran para los caballeros águila. Pero el colibrí (huitzizilin) tenía reservada una misión más importante: los guerreros caídos en la batalla renacerían multicolores y más pequeños, con plumas y un pico como espina.

 A Antonia Vera la recuerdo siempre en su campo de batalla: el de la promoción cultural y el rescate de las tradiciones. La asociación que dirige adoptó el nombre náhuatl de los colibríes y desde hace al menos una década lleva a cabo una labor invaluable en su Tepetzintla. 

La recuerdo por ejemplo, conduciendo a grupos de mirones e investigadores, entre los caminos de zempazúchil que indican el camino a los muertos cada 31 de octubre; cargando sillas en la plaza y mirando el cielo para adivinar si habrá lluvia por la noche o los huapangueros podrán tocar al aire libre; explicando el significado de las deidades de los tenek y náhuatl.

Y es que Tepetzintla es uno de los pueblos más antiguos de la Huasteca. Será por eso que en sus calles se camina diferente que en otros sitios y el viento sopla de otra forma, como más ligero. Ahí, rodeada por cerros siempre verdísimos, trabaja doña Antonia al frente de Huitzizilin. Por estos días prepara la huapangueada que cada verano reúne a músicos, poetas y bailadores de toda la región.

La fiesta comienza el 18 de julio; el próximo fin de semana pues, va a retumbar la tarima, son los latidos de la tradición. Como siempre, estamos todos invitados.